viernes, 1 de noviembre de 2013

ISLA DE LOS MUERTOS (Dos versiones para una historia) Por Germán Cáceres

Dibujos: Rodolfo Aedo/Guión: Cristóbal Florín
Diseñadores gráficos: Alejandro Sottolichio Leighton y Alejandro Jarpa
(Basado en el cuento “Dos versiones para una historia”, de Félix Elías Pérez)

(Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Región del Aysén del General Carlos Ibáñez del Campo, Chile, 2013, 128 páginas)



En 1906 ocurrió la tragedia de Bajo Pisagua, en la Región del Aysén, Chile. La Compañía Explotadora del Baker, que había montado un establecimiento para hacheros, empezó a dar señales de un próximo e inevitable quebranto. En consecuencia, comenzaron a producirse demoras en el pago de salarios y en la entrega de víveres y medicamentos para los obreros. Finalmente, se instaló el hambre, que sólo podía remediar la llegada de un buque con provisiones. Pero una tormenta en el mar demoró su arribo y, luego, el terremoto que devastó Valparaíso motivó que cambiara de rumbo para socorrer a las víctimas de esa ciudad. Según versiones, que recogió en su cuento Félix Elías Pérez, cuando llegó otra nave con ayuda alimenticia habían fallecido ciento veinte obreros de los ciento ochenta contratados: sólo sobrevivieron sesenta cuya salud física y mental estaba muy deteriorada. Sin embargo, hay otra versión que afirma que la muerte se produjo por envenenamiento debido a un descuido de un grumete que no verificó que en la bodega  se habían derramado cajas que contenían arsénico para combatir la sarna de corderos y ovejas. En cambio, tanto el Padre D´Agostini como la empresa atribuyeron el desastre a “un violento y sorpresivo brote de escorbuto”.


La primera versión se denomina “Muerte por hambre”, y se inicia con una viñeta de página entera que, desde un plano americano de un obrero sentado, abarca los márgenes de la caleta, con montañas, muelles, cabañas y botes. El color siena grisáceo otorga a la escena una exquisitez gráfica de sutil poesía, cercana a la ilustración, clave estética que se reitera a lo largo de la novela gráfica. Abundan las páginas y cuadritos monocolores de gama fría, así como la fragmentación de éstos últimos como si se tratara de un ejercicio cinematográfico. En el transcurso de la historieta también se encuentran viñetas mudas, y las cuidadas composiciones de página se renuevan constantemente. 


En la figuración de Aedo prevalece una búsqueda plástica basada en un conocimiento profundo de la pintura en general y de la moderna en particular. No puede menos que destacarse la espeluznante fisonomía cadavérica que van adquiriendo los famélicos hacheros -que traen a la memoria imágenes goyescas- así como la contundencia dramática del plano general lejano de las páginas 42 y 43, que registra montículos de tierra coronados por cruces de madera. Su dibujo aporta brillantes enfoques y una planificación en constante cambio, en tanto Cristóbal Florín recurre a los textos y, al no haber casi diálogos, apenas emplea globos. Su guión es una amplificación del relato de Pérez, que se publica en el epílogo del libro, y Florín -fiel a su estilo- otorga una carga espectral y siniestra a los sucesos y dice así: “Todo marchaba en las mejores condiciones, sin sospechas de algún trato secreto con la muerte”. Este clima fatalista, inmodificable y mortuorio prevalece en toda la narración, en la cual los obreros terminan talando árboles para construir ataúdes (“El Baker, río de los muertos patagónicos, que separaba a la caleta de la isla sembrada de cuerpos vencidos, donde se cosechan cruces para la posteridad”). Se observa que no es ajena a la historia una atmósfera entre fantástica y panteísta. Félix Elías Pérez se pregunta sobre cuál fue el origen de ese episodio, cómo murieran ciento veinte personas en una zona fértil y colmada de frutos silvestres ricos en vitamina C y, sobre todo, de numerosos alimentos alternativos.  A continuación de este cuento escrito en 1996, que más que narrar se empeña en documentar con excelente prosa un hecho que necesita ser aclarado, Francisco Mena informa que las excavaciones arqueológicas realizadas no obtuvieron datos concretos y que “el análisis crítico de los textos escritos alimenta un cierto escepticismo, pues priman las versiones exageradas y es muy probable que la mortandad se deba a simple abandono y hambruna…


La otra versión, “Muerte por veneno”, adopta el punto de vista del buque que está portando los víveres y medicamentos para los obreros de la caleta. Se nota aquí que Rodolfo Aedo se lanzó a una búsqueda experimental que remite a la estética que prevalecía en las adaptaciones de grandes novelas de la revista Intervalo, de Editorial Columba; a la historieta francesa de los setenta y ochenta (especialmente Enki Bilal) y, por último, al vanguardismo del Alberto Breccia de Edgar A. Poe: El gato negro y otras historias (Doedyeditores, 2011). Esto último es palpable en las secuencias en tinieblas, en las cuales los mínimos y certeros puntos lumínicos permiten vislumbrar a personajes y objetos en espléndidos claroscuros. Y, asimismo, está la presencia obsesiva de “esa lluvia porfiada que no cesaba nunca” (Pérez).


El libro concluye con cinco valiosas láminas tituladas Pin Up. La de Ismael Hernández expone un expresivo trabajo, pleno de crudeza, que combina -con aportes informáticos- la tinta china, la acuarela y el lápiz. Alejandro Aguado ofrece una grafísmo expresivo en el marco de una concepción naturalista, de rústica belleza no exenta de lirismo, y muestra la impronta y el espíritu del mundo patagónico. Una espléndida atmósfera onírica, propia de la pesadilla que se vivió en Bajo Pisagua, es la exhibida por el binomio Mirko Vukasovic y Cristian Escobar. La ilustración de Omar Hirsig señala el clima de espanto y de muerte que se alojó en la isla. Fabián Rivas Belmar se encarga de resumir esta opresiva y desoladora crónica con interesantes connotaciones historietísticas.
Esta edición financiada por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, además de contribuir a una investigación histórica que involucra a Chile y a toda Latinoamérica, confiere un inestimable espaldarazo al prodigioso noveno arte.





Germán Cáceres