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domingo, 27 de agosto de 2023

CARLOS “CHINGOLO” CASALLA, EL PADRE DEL CABO SAVINO. Por Alejandro Aguado

 

En Argentina las historietas eran muy populares y se leían de forma masiva. Entre las décadas del ’40 y el ’80 la oferta de revistas que se conseguían en los quioscos era muy amplia y se vendían de a cientos de miles. El 80 por ciento de lo que se leía era de producción nacional y de muy alta calidad. Las había para niños y jóvenes, de humor gráfico y de historietas “serias” de aventuras. A su vez, comprendían diversos géneros temáticos: de guerra, ciencia ficción, costumbristas, de humor, de guerreros en tiempos bíblicos, policiales, del corazón, etc. El del gauchesco era una especie de equivalente nacional del western norteamericano. En las provincias era donde contaba con mayor aceptación. Una serie de grandes autores, muy buenos dibujantes, quedaron asociados con el género. Tales como Walter Ciocca con Lindor Covas y Hormiga Negra, Raúl Roux con Cuentos del Fongón, Rapela con Fabian Leyes y El Huinca, Carlos Magallanes y Jorge Morhain (guionista) con Martín Toro, Carlos Roume con Nahuel Barros y Patria Vieja (con Oesterheld), Juan Arancio también con Patria Vieja y Pehuén Curá, por citar a los más conocidos. Casalla comenzó a publicar al Cabo Savino en 1951 en el diario La Razón. El personaje se transformaría en uno de los clásicos de la historieta argentina.




Gran parte de los dibujantes del país desarrollaron su obra radicándose en la ciudad de Buenos Aires, que es donde estaban las grandes editoriales. Casalla nació en la provincia de Buenos Aires y en los años ’60 se radicó en Bariloche. Desarrolló su amplia y exitosa carrera desde Río Negro.


Foto: A. Aguado


De un modo u otro siempre estuve muy relacionado con Bariloche. Según mis padres me hicieron ahí, de chico pasaba las vacaciones y festejaba mis cumpleaños en sus bosques. En la ciudad conocí y traté a excelentes artistas y conseguí algunos de los mejores libros y revistas que conservo. También expuse, obtuve premios y los libros de mi autoría tuvieron muy buena recepción. A Casalla lo conocí durante algún viaje a Bariloche a principios de los años ’90. Fue muy cordial y amable, pero frecuentaba más a otros artistas de la ciudad. Creo que como estaba iniciándome en el dibujo, me intimidaba saberlo uno de los maestros de la historieta nacional. Todos hablaban de él, era un prócer local.




En 1993, tras ganar una preselección por provincias, obtuve el primer premio en la Primera Bienal de Arte Joven de Patagonia. Luego supe que un miembro del jurado fue Casalla. Nos encontramos en los pasillos del Hotel Llao Llao, que era donde se desarrollaba el evento del que participaron 500 artistas. Me felicitó por el trabajo y me explicó por qué consideró que merecía ganar. Las palabras del maestro hicieron que el premio me resultara más valioso.

Al Cabo Savino lo publicó en varias revistas y diarios, hasta que lo aceptaron en la editorial Columba. La editora publicaba los títulos El Tony, Fantasía, D’ Artagnan e Intérvalo, en varios formatos y periodicidad. Esas revistas dominaban el mercado de las historietas serias y se vendían de a cientos de miles en todo el territorio nacional y se exportaban a países vecinos. Su ingreso a Columba le representó el reconocimiento a nivel masivo. A diferencia de lo que le ocurría a otros autores, Casalla pudo mantener su estilo de dibujo y la personalidad de su personaje. Realizaba con total libertad unas quince páginas por semana. Con el transcurso de las décadas las historias fueron escritas por una docena guionistas. El más destacado por su continuidad fue Álvarez Cao. El personaje tuvo tal aceptación entre los lectores que en la década del ’70 se publicó como revista, bajo el sello de Columba. Su exitosa gráfica de impronta muy personal, llevó a que la editorial impusiera a otros dibujantes que copiaran su estilo. A Casalla no le parecía bien porque era coartar la libertad de sus colegas. No pudo hacer nada al respecto. También tuvo a su cargo la gráfica de otras series, tanto en Columba como en editorial Record (Skorpio, Tit Bits, Pif Paf, etc.) Tales como el exitoso western Alamo Jim (guiones de Albiac y Morhain), Memorias de un porteño viejo (guion de Alvarez Cao), las series Ronstadt (guion de Armando Fernández), El Cosaco (con guion de Robin Wood), Capitán Camacho (similar a Savino, pero con diferente rango), Chaco (con guion de Wood), Larsen & Finch (guion de Wood), Perdido Joe (guion de Albiac), y de guerra como Sargento York y Patrulla Americana, y diversos unitarios. Sus trabajos se republicaron con éxito en Europa.




El Cabo Savino se publicó en las revistas de Columba hasta mediados de 1986. Luego a nivel nacional se le perdió el rastro. En el ambiente de la historieta (de Buenos Aires) se creía que se había discontinuado. El personaje continuó protagonizando aventuras como tira diaria en las páginas del diario Río Negro, el principal del norte de Patagonia.

Por mi parte, el trato con Casalla se volvió más fluido con la llegada del nuevo siglo. Cada vez que iba de vacaciones a la Comarca Andina (Bolsón-El Hoyo-Lago Puelo-Epuyen), viajaba a Bariloche para visitarlo. Residía con su compañera en una confortable casa tipo alpina, en una zona alta de la ciudad. Desde el living se dominaba una amplia vista del lago Nahuel Huapi. A un lado, en una casita de madera, se situaba su estudio. Era el archivo de sus dibujos, pinturas y libros con sus trabajos. Ingresar era como adentrarse a una parte de la historia de la historieta argentina. Sobre un escritorio se apilaban decenas de tiras del mítico Cabo Savino, dibujado con su personal estilo: trazo suelto, vigoroso, que combina gruesas pinceladas de negros plenos y texturas logradas con decenas de rayitas a plumín. Para dibujar historietas del westerns y del gauchesco en un estilo realista se debía dominar la figura del caballo. Eran su especialidad. Los hacía según la raza y lograba transmitir sus personalidades. Eran memorables sus escenas de tropillas al galope, de malones y de jinetes combatiendo. Se percibía el movimiento, la intensidad.



En varias ocasiones, mientras charlábamos, lo filmé dibujando. En cada conversación afloraban los secretos de la profesión, siempre dispuesto a transmitir sus conocimientos. Era muy accesible y humilde para ser quien era. Comentaba en broma que uno de los problemas del ambiente eran los egos. Residir lejos de Buenos Aires le permitía moverse entre dos mundos. Uno era el de la Patagonia tierra adentro que se asemejaba al que recreó con su personaje. El otro era el de la historieta nacional. La Patagonia se le hizo propia y generó varios libros sobre personalidades del pasado regional. Fueron poco conocidos a nivel país, pero las ediciones se agotaban.

Solía sorprenderme cuando me consultaba sobre aspectos de la historieta actual. Muchas de sus vivencias no las comentaba de forma pública, por pudor. Con frecuencia recibía muestras de cariño y admiración de lectores y colegas, en Argentina y en países vecinos. Fui testigo de algunas. Homenajes institucionales recibió del Estado provincial de Río Negro y del Congreso Nacional. En Río Negro y Neuquén la población e instituciones suelen valorar a sus artistas.




En esa etapa, me escribió un guion para que yo lo dibujara. Por intermedio de la editora La Duendes tuve el gusto de publicarlo en un compilado grupal y de editarle un libro del Cabo Savino, con historias del período patagónico. También se le dedicó otro llamado “Homenaje al Cabo Savino. Cabo por siempre”, hecho entre numerosos autores. Del libro de homenaje también participaron algunos de los maestros de la historieta nacional. Llevó el subtítulo “Cabo por siempre” porque el personaje se estancó en ese rango por decisiones propias. Por ejemplo, en un episodio debía apresar a un gaucho que estaba por salir de un prostíbulo. La orden era dispararle ni bien se asomara. Cuando lo vio se negó a hacerlo. Era Juan Moreira, que en esa ocasión fue muerto por el agente Chirino. El jefe de la partida comentó en referencia a Savino: -“Este no asciende más”. Pese a ser un personaje de ficción, el autor trató que se lo percibiera como a alguien real que renegaba de las injusticias.




En el año 2010, con motivo del Bicentenario nacional, se realizó una muestra en Bariloche con los maestros de la historieta. Me invitaron a participar junto a Horacio Lalia, Casalla, Lito Fernández, Domingo Mandrafina, Meiji, entre otros. Fui con el colega Taro. Lo más grato fueron los días de experiencias en grupo. Paseamos por los bosques, compartimos comidas, visitamos un centro donde residían adolescentes judicializados (excelente por el recibimiento) y muchas horas de charlas referidas al dibujo y la historieta. Durante una de esas noches, en su casa, nos entretuvimos tomándole varias fotos con un muñeco que le habían hecho con su figura. En el evento Casalla nos deleitó con sus aptitudes como músico. Se lo consideraba uno de los mejores percusionistas del país.

Foto: Alejandro Aguado


En el año 2014, en Canal Encuentro se emitió el episodio “La historieta patagónica: el humor reflexivo” en el programa Continuará. Bajo la conducción de Juan Sasturain, el programa del que se emitieron 5 temporadas, estaba dedicado a publicaciones y autores del pasado y el presente de la historieta argentina. En el dedicado a la historieta en Patagonia nos entrevistaron a Carlos Casalla, Chelo Candia y a mí.




A los 90 años de edad seguía activo, movilizado por su espíritu juvenil. Un día del año 2017 se acostó y ya no despertó. Se fue en paz. Desde entonces para mí Bariloche no es lo mismo. Le falta la figura que era una de las almas de la ciudad y el vacío se siente.

Alejandro Aguado





jueves, 18 de noviembre de 2010

Entrevista: Jorge Morhain (primera parte)

Jorge Morhain es uno de los grandes guionistas de la historieta argentina. Comenzó su carrera en 1960 y desde entonces publicó en los medios más importantes dedicados a la historieta. Aunque trabaja todo tipo de géneros, sus textos dieron contenido a exitosos y recordados personajes del gauchesco, como Martín Toro, Cabo Savino, Pehuén Curá, etc.
En esta entrevista, Morhain cuenta con lujo de detalles el modo de trabajo en las extintas editoriales Columba y Record, su modo de trabajo, su colaboración con los grandes nombres del dibujo nacional –los valorizados y los relegados de las valorizaciones- o expone su amplia visión sobre la historieta argentina, exponiendo y analizando sus fortalezas y falencias. El suyo es un testimonio que aporta otra mirada, la que hace pensar la historieta desde otra perspectiva, necesaria, amplia.

A contnuación la primera parte
Por A. Aguado


Morhain y Massaroli (foto de Massaroli)

Lugar de nacimiento, edad, residencia
Ciudad de Buenos Aires, 68, Máximo Paz (Provincia de Buenos Aires)

¿De dónde el gusto por la historieta, a qué edad y por medio de qué lecturas?
Oesterheld
. Oesterheld. Oesterheld. Tenía 5 ó 6 años y ya leía Bolsillitos, y buena parte escribió Héctor Germán Oesterheld. Luego leí Gatito, y El Diario de mi Amiga. De Oesterheld. Luego compré Más Allá, donde casi todas las notas nacionales, las al pie, etc., y quién sabe cuánto más ("lo hacía casi todo", dijo don Boris Spivacow) eran de HGO. Luego cambié los libritos de Marcial Estefanía por los de HGO. Luego leí sus historietas en Hora Cero y Frontera. Y ahí, a los 13, decidí a qué me iba a dedicar en la vida: a tratar de escribir como ese hombre. Cuando fui ganando un manguito (porque éramos MUY pobres), y sobre todo camino de la secundaria, me compraba Tarzán de Editorial Tor, y luego la serie mayor de Tor, con Féval, Dumas, Scott, Haggard. Siempre fui estimulado, desde la primaria. Y siempre confundían mi habilidad con el dibujo con mi habilidad con la palabra. Aún ahora. Y, sí, un día Oesterheld me firmó un libro de El Eternautaal colega y amigo”. ¿Ven por qué lagrimeo?

¿Cuándo comenzó escribir guiones?
A los once, creo, hice el guión de "El Capitán Sagitario", publicado en un pre-fanzine (calcado con carbónico) para la barra del barrio, en Máximo Paz. En 1971 lo reharía para "El Clan de McPerro".


Martín Toro, con dibujos de Magallanes, en El Tony.

¿Cuándo comenzó a publicar y en qué medio? ¿Cómo se dio la posibilidad de publicar?
1960, 18 años, en Gente Joven, como se llamaba entonces la editorial de José Alegre Asmar (luego sería MOPASA, Tynset y otros nombres) La revista era "Cascos de Acero", dirigida primero por Andrés Cascioli, luego por Roberto Giormenti, y más tarde por Mut Ribas. Paré entre 1968 y 1970. Y dejé de vender guiones regularmente en enero de 2002.

Uno de los lugares donde publicó fue en la mítica y breve Turay, con la serie "Manuscritos Apócrifos de la Conquista" ¿cómo se dio la posibilidad y cómo fue publicar allí?
Conocí a Enrique Meier, en alguna de esas editoriales chicas que frecuentaba, y me propuso ayudarlo para editar una revista en cooperativa, avalado por la editorial de Julio Korn. Meier quería un nombre nativo, de fuerte significado, y también que rastrease manuscritos antiguos para tomar modelos de letras para el título. Me fui a la Biblioteca Nacional (considérese que no existía Internet, que hoy me acaba de refrescar el nombre de Enrique), y busqué en muchos libros hasta encontrar "hermano", "Turay", que le propuse entre otros nombres. Luego fui al fichero de incunables y empecé a buscar algún manuscrito. Entre las fichas encontré una cuyo autor era Abdul Al-Azred, y se llamaba "Necronomicón". Juro que el corazón me dio un salto. Y ese día estaba muy ocupado, no podía pedirlo. Fui al mostrador del referencista y le dije "¡Acá tienen el Necronomicón, ¿sabías?!" Me respondió "¿Y eso qué es?" El referencista. De la Biblioteca Nacional. Me fui, frustrado. Bastante tiempo después pude volver, y, ávido, acompañado de Meier, fui al fichero de incunables. La ficha no estaba. Y, desde luego, nadie sabía que hubiera existido, por la sencilla razón de que nadie tenía idea de lo que era. Esto parece una historia bonita, para dar "color". Pero YO TUVE LA FICHA ENTRE MIS MANOS. Qué pasó. Ah, pregúntenle a Lovecraft. Yo, en realidad, le hubiera preguntado al conocido travieso Jorge Luis Borges, que SÍ sabía lo que era, y que fue director de esa biblioteca.
Un poco a consecuencia de esas investigaciones y otra de que me gustaba recorrer librerías de viejo donde había conseguido un antiquísimo y amarillo libro de Enrique De Gandía sobre mitos de la conquista americana, que estaba buenísimo. Le propuse a Enrique un personaje que, justamente, presentara esos mitos de la conquista, pero como nuevas investigaciones que echaban luz sobre aspectos inquietantes, pero que los expertos habían declarado "apócrifos". De allí y de De Gandía surgió, en primer lugar, el supuesto relato del grumete de Colón, que presentaba varias teorías sobre viajes anteriores del Almirante. El segundo episodio, que por un error apareció a nombre de Diax, era más obvio: la historia de un chasqui que corría por el camino del Inca para cubrir el tesoro de Atahualpa. Los episodios siguientes hablaban de las Siete Ciudades de Cibola, del patagón que encontrara Magallanes, de la Ciudad de los Césares. Pero la revista duró cuatro números. También publique allí algunos relatos de ciencia-ficción



Krantz, con dibujos de Horacio Lalia, en la revista Skorpio

¿Cómo se dio la posibilidad de ingresar a Columba?
Mi forma de empezar a trabajar en las historietas fue tomar las direcciones de las revistas en los quioscos e ir a las editoriales. Así como estuve en Frontera donde, obviamente, fui rechazado, también estuve en Columba. Allí me dieron las instrucciones para los guionistas, que tenían impresas, y llegue a publicar dos guiones, ilustrados por Vogt y Altuna. Entre 1968 y 1970 no hice historietas. En 1970 me recomendó Eugenio Zoppi y ya no abandone el editorial hasta su cierre, en 1994.


¿Cómo era la forma de trabajo en Columba?
Columba era una productora industrial de historietas. A lo largo de los casi 90 años de vida había desarrollado un método muy aceitado. Entregaban a los guionistas, como dije, una cartilla con las instrucciones, que iban desde consejos comunes, como respetar la concordancia, colocar tres puntos y no 25, etcétera., hasta consejos sobre censura y temática, como lenguaje “normal”, restricciones en sexo, etcétera. Las otras restricciones eran verbales. El guionista presentaba su trabajo, en hojas que ellos mismos facilitaban, con el esquema de presentación de guión, que también se incluía en la cartilla. Ese guión era leído por el personal de lectura, encabezado por Jorge Vasallo, más conocido por los lectores como Balbastro. Este era el paso principal de toda historieta.
Columba publicaba historias. “Historias” quiere decir relatos coherentes, armados de acuerdo a las reglas de la cuentística, que presentasen siempre una "vuelta de tuerca", algo inesperado, un giro curioso, etcétera, dentro de los relatos comunes. La teoría de la empresa era que el lector debía llevarse por su dinero un paquete de historias que lo entretuviesen la mayor cantidad de tiempo posible (menos de un mes, claro, para adquirir la revista siguiente) Una vez aprobado el guión, que podía pasar por varias correcciones antes (siempre a cargo del guionista), iba a un archivo. Luego otro departamento decidía las necesidades de historietas terminadas, porque las revistas estaban perfectamente balanceadas en géneros y contenido de las historias. En base al tipo de guión, y a la calidad del escritor, se elegía el dibujante, absolutamente apartado de toda opinión del guionista, salvo casos excepcionales. A los dibujantes se le entregaba el guión, y otro departamento controlaba el dibujo. Pero en realidad sin poner demasiado énfasis en ese control, puesto que lo importante era la historia "contada".
Siempre fueron reacios a decir que se hacían" historietas", y se publicitaban como, " historias ilustradas", O " novelas gráficas". Desde luego, había historias que interesaban mucho a los directivos, sobre todo porque les gustaban como lectores, y éstas tenían generalmente dibujos cuidados. Aún así, no me consta que se controlase demasiado a los dibujantes. El hecho es que tanto de dibujantes como los guionistas preferidos, como Robin Wood, cobraban MUY bien, de modo que trabajaban BIEN. Luego había un equipo de letristas, a máquina. En un principio se hacían las letras con máquina de escribir común, luego, con máquina de escribir eléctrica, y, finalmente, por computadora. El resultado era siempre un enchastre bastante desastroso. La empresa tenía su propia imprenta, y su propia distribución. Esta abarcaba toda la Argentina y Latinoamérica.


Pehuén Curá, con dibujos de Castro, en revista D`Artagnan, 1986.

¿Cuántos guiones realizaba por mes para Columba, cuánto fue el máximo de series que realizó por mes?
Para poder " sobrevivir" tenía que tratar de llegar a diez guiones por mes. Generalmente hacía cinco o seis, pero trabajaba en varios otros lugares. También hacía para Columba muchas traducciones, casi todas del inglés, y unas pocas del francés. Mi récord fue, entre guiones y traducciones, de 60 en un mes. Tuve hasta dos chicas pasando a máquina mis trabajos grabados.

¿Usted realizó los guiones de varios personajes míticos, como El Cabo Savino, Martín Toro, Pehuén Curá, etc. ¿Cómo fue realizar los guiones, se lo sentía como una responsabilidad?
Absolutamente. Si bien ninguno de los tres eran personajes míos, tanto éstos como cualquier otra cosa que hice en mi vida la tomé con absoluta seriedad y responsabilidad. Investigué muchísimo, tengo una biblioteca de historia y temas gauchescos e indígenas. Me ayudaron también mis otros estudios: soy maestro, bibliotecario y museólogo. Y tengo un master en Cultura Argentina. Por otra parte, cada vez que me daban un personaje Investigaba su historia anterior. Así hice con el Cabo Savino, personaje de Carlos Casalla que había sido (y es) guionado por mucha gente, profesionales, o escritores conocidos de "Chingolo". Martín Toro fue más fácil, porque era un personaje "calcado" de Savino. En lo que hace a Pehuén Curá, el trabajo previo a mi intervención fue grandioso. Los guiones de Julio Álvarez Cao y los dibujos de Juan Arancio crearon una historia extraordinaria. Me habían dado la historia completa, publicada, y se la presté a un dibujante, error imperdonable. Julio Álvarez era amigo de la familia Columba, por su padre. De modo que sus guiones "estaban bien": nadie se los leía, se aceptaban como venían. Cuando tomé la historia, que dibujó Juan A. Castro, seguí los lineamientos de la ficción original. Hasta que presenté un episodio donde Juan Manuel de Rosas trataba a Pehuén de vos, y hacía algunas chanzas. Fui "reprendido" por Vasallo, que me preguntó si estaba loco. En el ejército, me dijo, nadie se tutea con el jefe. Le expliqué que tal como lo había puesto Julio, el personaje era un miliciano, del pago de San Miguel del Monte, y que Don Juan Manuel tenía un trato de patrón de estancia, de mucha confianza, unas de las razones de la adhesión incondicional de su gente. En el argumento original de Julio, Curá se quejaba a Rosas de que los milicianos lo maltrataban porque al ser baqueano tenía más libertades, y Don Juan Manuel le dijo “desde hoy sos teniente”. Y quedó teniente. Vasallo me dijo que no importaba. Que el teniente Asensio del Pino (Pehuén Curá) tenía que haber llegado a ese grado como militar de carrera (!), y que en lo futuro me ateniense al "sí señor, no señor". Esa clase de confusiones risibles eran comunes en Columba, como cuando me obligaron a ponerle "General" a San Martín en una historia que sucedía en Mendoza, antes del Cruce de los Andes, cuando San Martín aún era Coronel. Pero hay un punto para aclarar. Cualquiera de estos personajes, cualquier personaje de Columba, por más histórico, por más documentado que fuera, era una visión parcial y lavada de la realidad. Nunca puede describir, en las primeras épocas de Columba (como sí hice en su última época en el personaje "Gualicho") las injusticias, la corrupción, las torturas, la discriminación, el desprecio, los rebusques, las agachada, la angustia, el desprecio, la mezquindad, la corrupción, la explotación, la traición… En fin, la realidad de esos gauchos esclavos del ejército, peleando contra los verdaderos dueños de la tierra, por oscuros y desconocidos mandatos detrás de los cuales estaban, por cierto los poderosos y los extranjeros.


Historieta con dibujos de Balbi, en Skorpio 69, 1981.

¿Cómo definiría la personalidad de cada uno de esos personajes?
La primera gran emoción que me produjeron estos personajes fue en una reunión en Paraná, por un tema ajeno, como Museos, cuando, en una charla de café, un fan del cabo Savino me describió como era: un hombre sencillo, de pueblo, de ideas claras, solidario, abierto y generoso con todos. En absoluto subido a su rango, ni a su condición de militar. Me emocionó, porque estaba describiendo mi propia forma de pensar. De modo que mis gauchos, más allá de sus historias anteriores o posteriores, eran eso: yo. Y creo que además esa “forma de ser” estaba en el espíritu de Casalla, y de Julio Álvarez. De Toro no hablo, porque, ya dije, era una copia. Pero, cierto, uno pone todo de sí. Y uno tiene una ideología, a manera de ver el mundo. Y eso pasa, se transmite entrelíneas. Por más censura, por más disfraz, está allí. Hay que saber verlo, o ni eso: sentirlo.



El cabo Savino, en versión dibujada por Furlino, revista Fantasía.

¿Con cuántos dibujantes trabajó para realizar esas series, los elegía o eran sugeridos por la editorial? ¿La forma de trabajo con cada uno de ellos era la misma o diferente?
Empecé a hacer gauchos directamente para Carlos Casalla. Luego me dieron Martín Toro, que había guionado Sergio Almendro, e ilustraba (muy mal) un tal Reler. Después Casalla decidió dejar de dibujar a Savino (y a Álamo Jim, que estaba las mismas condiciones) y lo hizo Horacio Merel, y Rubén Furlino. Lo mismo pasó con Martín Toro. Pehuén Curá vino con Juan Castro incluido. Y en la última época lo tomó Ascanio. Lo decidía la editorial. Y yo para todos trabajaba igual. Excepto en la época n que me dibujaba Reler: allí tenía que sobreabundar en textos y descripciones, porque Reler NO dibujaba NADA. Sólo caritas mal hechas.


Pehuén Curá, con dibujos de Ascanio

Continúa la próxima semana

jueves, 14 de marzo de 2013

Los 70, la edad dorada de editorial Columba (segunda parte)


Los años 70 fueron la edad dorada de Editorial Columba (El Tony, Fantasía, D`Artagnan, Intérvalo). Son varios los autores –hoy entre los maestros de nuestra historieta- que coinciden con esa visión, tales como Gerardo Canelo, Carlos Casalla o Juan Dalfiume.
Esa visión se sustenta al constatar en el material publicado en aquellas publicaciones una combinación de creatividad, calidad, originalidad y cantidad. También fue el periodo en que se crearon series y personajes, que pasarían a formar parte del patrimonio de las grandes obras de la historieta argentina.  La linea editorial de Columba, de corte netamente popular, se basaba en personajes y en géneros que se destacaban como los de mayor aceptación de la época.
El staff de colaboradores de la editorial durante la década del 70 era enorme, promediando el centenar. Lo integraban los más destacados autores del momento, como así también noveles que en las décadas siguientes alcanzarían el rol de “maestros”.


Ilustraciones de tapa realizadas por los hermanos Villagrán, sobre adaptaciones de películas.






Cualquier lector con cierto conocimiento de la historieta argentina, sabe que el guionista Robin Wood fue el creador de gran parte de los personajes y series más exitosas de Columba. Desde un sector de la propia historieta se le criticaba su forma de escritura y aspectos ideológicos, pero siempre resultó destacable su capacidad para llegar al lector, lo que lo transformó en el guionista estrella de la editorial y ser reconocido a nivel internacional.
Entre las series creadas en los 70 por Wood que han trascendido el tiempo se cuentan “Nippur de Lagash” (dibujado alternativamente por Lucho Olivera, Sergio Mulko, Zaffino, Leopardi, Villagrán, etc), la serie cómica del simpático espía “Pepe Sánchez” (con dibujos de Vogt), o "Gilgamesh", creado por Lucho Olivera en guión y dibujo y continuado con guiones de Wood, por solo citar tres. Mucho y bien se ha escrito ya sobre estas series.

Páginas del western Jackaroe, con guión de Wood y dibujos de Dalfiume

Guionado por Wood, el western Jackaroe, que a simple vista parece inspirado en el subgénero “spaghetti western” creado en el cine por los italianos, en un principio resultó un estereotipo del género. El original estilo de dibujo de Dalfiume, cada vez más suelto y expresivo en la medida que avanzaban los episodios de la serie, desde la gráfica le confirió al personaje una personalidad muy atrapante. Lo destacó de otros personajes del western. Del típico personaje del western, Jackaroe alcanzó un nivel de ícono del género y he allí una de las principales fortalezas de la serie.

Página de Crónicas de un porteño viejo, con guión de Alvarez Cao y dibujos de Casalla, en D`Artagnan 353, 1975.

Pero la notable trascendencia de Wood, opacó la figura de otros grandes guionistas de la editorial. Tal es el caso de Julio Alvarez Cao, autor muy elogiado por los dibujantes que trabajaron con él, tanto por la calidad de sus guiones como la de su escritura. Una de las series por él escritas que merece destacarse es “Crónicas de un porteño viejo”, dibujada alternativamente por Merel y Carlos Casalla, destacándose los episodios dibujados por el último. Allí se narra el submundo porteño, con historias que giran en torno a personajes marginales que tratan de sobrevivir a durísimas condiciones de vida, o a trascenderlas aunque tengan que violar la ley. La originalidad radica en que las historias no son una excusa para que haya “muertos a tiros”, como estaba estereotipado en gran parte de las historietas policiales. Sus vidas los llevan a desenvolverse en ambientes de violencia. Hablan de tragedias humanas. Las tramas, a su vez, están enriquecidas con citas a temas de tango. 
En los años 80 ahondaría y refinaría esta línea temática, formando dupla con Gerardo Canelo. En conjunto concretarían “Carbajo Ganzúa & Cía”, una serie que los muestra en la cúspide de la madurez artística de ambos autores, concretando una obra que se cuenta entre las claves de la historieta argentina.

Página de episodio de El Cabo Savino, con guión de Alvarez Cao y dibujos de Casalla, en  Fantasía 240, 1974.

Otra serie que Alvarez Cao guionó y trascendió su tiempo para transformarse en uno de los grandes clásicos de la historieta argentina es El Cabo Savino, creado por Carlos Casalla. De la etapa de los años 70, existe un periodo donde situó al personaje en la actual provincia de Neuquén. Allí Savino convive con los mapuches vencidos tras la llamada Conquista del Desierto. Los relatos aparentan ser de aventuras convencionales, pero el trasfondo muestra la cruda realidad de miseria y sufrimiento que debieron afrontar los pueblos originarios vencidos y desterrados tras la campaña militar. Son relatos conmovedores, de una gran sensibilidad, escritos en 1974, cuando lo común en las historietas era que el indígena fuera caracterizado como “el malo”. Una característica de El Cabo Savino fue justamente esa, que pese a ser un soldado y formar parte de los vencedores, tomaba partido por los más débiles.
Cao también participó del gauchesco Pehuen Curá, ambientado en los tiempos de Rosas. Sus textos dibujados por Juan Arancio desbordan de originalidad y calidad artística. En conjunto concretaron episodios memorables. La gráfica de Arancio es la de un virtuoso del dibujo.

Página de Pehuen Curá, con guión de Alvarez Cao y dibujos de Arancio, en  D`Artagnan, 1972.

Cuando guionistas y dibujantes coinciden en su plenitud artística, concretan grandes obras aún cuando aborden personajes ajenos. Por ejemplo, en los 70 el personaje Martín Toro era uno entre tantos del gauchesco, sin grandes elementos que lo destacaran dentro de su género. En cambio, en los 80 sobresalió cuando quedó bajo la creación del guionista Jorge Morhain y el dibujante Carlos Magallanes. Juntos, le imprimieron un nivel de excelencia, convirtiéndolo en unos de los principales atractivos de El Tony. De allí, que un personaje puede presentar diversas etapas dependiendo de quiénes lo realizan. Carlos Magallanes es uno de los grandes olvidados de la historieta, pese a que la calidad de su dibujo lo sitúa en la historia como uno de los más destacados dibujantes nacionales.

Página de unitario dibujado por Horvath, en D`Artagnan, 1972.

Las historietas dibujadas por Horvart, que pese a lo que se podría considerar como común y convencional –por muy vistas- de los relatos de la segunda guerra mundial que dibujaba, resultan de los “platos fuertes” de los números donde se publicaban. En general se encuadran en la visión iniciada por Oesterheld –de quien dibujó numerosos guiones-, de utilizar historias de aventuras convencionales, para contar historias de profundo sentido humanístico. Las historietas donde Horvart era el dibujante, resultan atrapantes, aunque cambiaran los guionistas. Lo importante, como señalara Oesterheld, era que la trama resulte creíble y si a ello se le sumaba un dibujo personal y vistoso, la obra ganaba en todo sentido.
Las tapas resultaban otra característica sobresaliente. Realizadas mayormente en los 70 por los hermanos Villagrán y en menor medida por A. de la María, Lucho Olivera o Dalfiume, se caracterizaban por una altísima calidad gráfica y pictórica, excelentes diseños e imágenes atractivas. Cumplían su función, atraer al lector.

Ilustraciones de tapa realizadas por Dalfiume

La historia de editorial Columba se tiende a lo largo de siete décadas, en las que transitó diversas y variadas etapas. Una trayectoria tan extensa y rica, por el tiempo de permanencia en el mercado de revistas, por las numerosas publicaciones y formatos de cada una, los personajes, los autores, los enfoques que fueron variando a lo largo del tiempo, el conocimiento que tenían sobre el gusto de sus lectores, la enorme inserción que lograba entre lectores ajenos a la historieta, etc., etc., ha sido abordada de forma bastante colateral y se ha impuesto una imagen estereotipada que se podría sintetizar como: el modo de producción industrial iba en detrimento de la calidad del material que publicaban y que los contenidos respondían a formas de narración superadas. Ello puede ser cierto en forma parcial, para determinado material y en determinados períodos de tiempo, pero de ningún modo es aplicable a la totalidad de los contenidos.
Escribir sobre editorial Columba para criticarla, se originó en una estrategia comercial, que en su momento sirvió para poder competirle a Columba. Como era imposible alcanzar o superarla en ventas, se buscaba captar lectores apelando a un discurso que buscaba convencer lectores y con ellos forman un nicho: “lean lo esto, no aquello que no es de caidad”. De tanta repetición, se ha impuesto, pero que también de a poco se va erosionando.
Aún en los períodos en que publicaban mayor volumen de material extranjero, o de series donde el deterioro de la calidad tanto argumental como gráfica eran evidentes, siempre estuvieron presentes obras sobresalientes.
Despojándose de los estereotipos que se han impuesto desde los años 80 en adelante aún queda mucho por analizar acerca de la editorial, sus contenidos y autores.

Páginas dibujadas por Enio, Horacio Altuna (guión de Oesterheld) y Carlos Vogt


Anexo
Cifras, autores y series por revistas en los 70
Tanto los títulos Dártagnan, como El Tony, Fantasía e Intérvalo presentaban un promedio de páginas que iba de las 114 a 162, según el número. También, con pequeñas variantes, sus contenidos se basaban en una serie limitada de géneros, los de mayor apogeo durante la década del 70, como policial (entre dos y cuatro historietas por número), bélicas (mayormente de la Segunda Guerra Mundial, entre dos y tres historias por número), una o dos historietas de deportes (En el caso de D`Artagnan, con historias de automovilismo, fútbol –figuras del fútbol nacional-, boxeo, hípica, etc,), una historieta de gauchesco, un western, una historia de fantasía heroica, entre una y tres historietas extranjeras de agencia, una o dos adaptaciones de películas de éxito, y en menor medida policiales ambientados en el país y de aventuras en sitios exóticos.
Entre las series, de gran repercusión todas, se contaban en D`Artagnan: Los policiales de espionaje “Dennis Martin y Grace Henrichsen”, de Monti (Robin Wood) y Lito Fernández. El western “Diego” guionado por Roque Guinart o Armando Fernández y dibujado alternativamente por Repetto o Merel. La historia de Gauchesco “Pehuén Curá”, guionada alternativamente por Julio Alvarez Cao y Julián Moreira y dibujada por Castro o Arancio. El policial costumbrista ambientado en Buenos Aires “Crónicas de un porteño viejo” con guiones de Julio Alvarez Cao y dibujos de Merel o Casalla. El policial “Sam Malone”, guionado por Guillermo Saccomanno y dibujado por Enio. La historia de fantasía heroica “Nippur de Lagash”, guionado por Robin Wood o Ricardo Ferrari y dibujado alternativamente por Sergio Mulko, Zaffino, Leopardi y Lucho Olivera. El western “Jackaroe”, con guión de Robert o Neil y dibujos de Dalfiume. La historia de ciencia ficción “Gilgamesh” de Wood – Lucho Olivera. La bélica “R.A.F.” con guión de Forster y dibujos de Szilagyi. La historia de fantasía heroica “Or Grund”, con guión de Wood y dibujos de Villagrán. El western “Larrigan de Misouri”, con guión de Ray Collins y dibujos de Haupt. El policial “A quemarropa”, con guión de Ray Collins y dibujos de Enio y la serie “Dax”, con guión de Wood y dibujos de Marchionne.
Por parte de Fantasía, se contaban series tales como “Roland el corsario” iniciada por Oesterheld en el guión y García López en los dibujos, continuada en los guiones por Alfredo Grassi y dibujos de Andrada. El western “Alamo Jim” con guión de Albiac y dibujos de Casalla o Reler. El gauchesco “El cabo Savino” con guión de Julio Alvarez Cao y dibujos de Casalla, guionada alternativamente por Jorge Morhain y dibujada por Furlino. El policial “Los amigos”, con guión de Wood y dibujos de Macagno. El western “Shannon” con guión de Ray Collins y dibujos de Dalfiume. El policial “Big Norman”, con guión de Robert O`Neil y dibujos de Haupt. El western “Ted Marlow”, iniciada por la dupla Wood – Reler y continuada por Morhain – Suárez. La historia de fantasía heroica “Kabul de Bengala” con guión de Oesterheld y dibujos de Horacio Altuna. El policial “ 3 por la ley”, con dibujos de Marchionne.
Entre tanto, en El Tony aparecían las series “Haakon2 con guión de Héctor Sánchez Puyol (Héctor Oesteheld) y dibujos de Lito Fernández. La historia de Fantasía heroica “Argon el justiciero” guionada por Oesterheld o Armando Fernández y dibujos de Gómez Sierra. La serie bélica “Brigada Madeleine” iniciada por Oesterheld en los guiones y dibujada Néstor Olivera. El western “El virginiano” con guión de José Luis Arévalo y dibujos de Dalfiume. “Los aventureros” con guión de Robert O`Neill (Wood) y dibujos de Gómez Sierra (. La serie humoristica “Pepe Sánchez” con guión de Wood y dibujos de Vogt. El policial argentino “Hilario Corvalán” con guión de Yunka y dibujos de Contrera. La serie de ciencia ficción “Mark” con guión de Wood y dibujos de Villagrán. El gauchesco “Martín Toro”, con guión de Morhain y dibujos de Reler o Sergio Almendro.
La revista Intérvalo, aunque compartía ciertos autores de la editorial, representaba un universo aparte. La gran mayoría de los géneros abordados se centraban en las historias denominadas como “de corazón”, románticas.
 La totalidad de los títulos, en conjunto, llegaron a sumar casi un millón de ejemplares de venta mensual.

jueves, 24 de mayo de 2012

Una leyenda de la historieta argentina: JULIO ÁLVAREZ CAO


Por Germán Cáceres
Esta leyenda de la historieta argentina –Julio estaba emparentado con los caricaturistas y colaboradores de Caras y Caretas Eduardo Álvarez y José María Cao Luaces-  comienza en 1951, cuando es presentado por un grande de la poesía, Raúl González Tuñón, a la editorial Abril, en donde consigue trabajo como dibujante porque provenía nada menos que del prestigioso mundo del Bellas Artes. En una entrevista concedida a Sasturain por él y Casalla, comentaron que al mostrarles trabajos de Raymond y de Foster  a Spilimbergo, éste no vaciló en afirmar: “Son grandes maestros del dibujo comercial. Nosotros estaríamos diez días para hacer esta página...”  Pero a Álvarez Cao le faltaba profesionalismo, y no podía cumplir con los plazos de las entregas. Y entonces pasó a escribir guiones bajo la dirección de Julio Portas, y su primer trabajo -firmado con seudónimo- fue Tony Apollo, con gráfica de Carlos Cruz

Alvarez Cao y Casalla, en 1981

Para Intervalo, de la Editorial Columba, emprendió adaptaciones de libros policiales de S.S. Van Dine y de la novela El delator, de Liam O´Flaherty. En D´Artagnan, hizo una serie de historietas con temas deportivos, que escribía Roberto Valenti
El Cabo Savino, con dibujos de Casalla, en revista Fantasía, 1974.

Después contó con sus propias historietas como dibujante y guionista en la Editorial Lainez: Capitán Rick y Rio Kid, para Puño Fuerte, y, en Impacto, Crimen Club, Billy Brandy y El Lampeao, esta última de cangaceiros, que fueron un tema constante en su obra. En el episodio “Pier Visconti R.I.P.” (1984), de Pier, el Corso, con ágiles dibujos de Juan Dalfiume, en medio de la violencia desplegada por esos bandidos rurales del árido sertăo obtiene un tono melancólico acompañado de sesgos románticos. Respecto a Río Kid (una típica historieta de cowboys dentro de la onda de las películas clase B norteamericanas), en el episodio “Mr. Herbie Dolan Esq.” (1960) su grafismo realista y sencillo, sin ornatos, y con aplicaciones de pincel  a lo Pratt, robustece la narración. El guión mantiene el suspenso porque no se sabe quién es Herbie Dolan hasta el final. Además, privilegia la acción utilizando pocos textos explicativos. También estuvo a cargo de Sargento Tommy, para la Editorial Brughera.

Víctor Vanel, con dibujos de Enio, en revista Fantasía color 1, 1980

Asimismo, realizó historietas unitarias, como Los patines de hielo y Guerra secreta.  Carlos R. Martinez, basándose en declaraciones efectuadas por Cao en la nombrada entrevista, deduce que “La etapa de dibujante de Julio Álvarez se cierra hacia 1961 ó 1962”. Antes, cuando Casalla estaba excedido de trabajo, dibujaba episodios de El cabo Savino.
La producción de Álvarez es amplia, se podría decir que inabarcable. Pero alcanzó su fama y consagración guionando El cabo Savino, Crónicas de un porteño viejo, Capitán Camacho, Pier, el Corso, Pehuén Curá y Carbajo, Ganzúa y Cía. En numerosas oportunidades firmó con el seudónimo de Roque Guinart, que según manifestó en la citada charla, fue “sacado, a su vez, de un personaje del Quijote que éste encuentra camino de Barcelona, una especie de Robin Hood español”. 
Página de la serie Pier el corso, con dibujos de Dalfiume

En relación con El cabo Savino, Casalla escribió: “En 1954 inició su aparición en el diario La Razón una tira diaria con mi personaje”. Quien más textos aportó fue Álvarez Cao, pero colaboraron también otros importantes guionistas: Solanas, Mandrini, Villegas, Morhain, Albiac, Zappietro. Savino era un soldado de fortín, reclutado a la fuerza, que intervino en la llamada Campaña del Desierto en el período 1860/1880. Según Álvarez Cao: “Ha nacido alrededor del 1850, porque hacia el ´80, que es el límite con que nos manejamos, tiene treinta años...” Se trata de una excelente historieta de acción, más allá de que registra hechos históricos (el cabo participó como joven soldado raso en la Guerra del Paraguay) y ciertas costumbres de los indios. Sobre su eventual óptica política Casalla fue muy claro: “Pero acá no podíamos contar una matanza de mañanita, cuando estaban todos durmiendo en la toldería. El editor no lo publicaba. Tratamos de hace hacer la Campaña del Desierto sin buenos ni malos: son indios que defienden su tierra y soldados que los van a sacar de ahí. Y no sé si no tienen más razón los indios de defender lo suyo que los otros de sacarlos. Pero eso en la historieta no lo puedo poner. Sólo puedo aspirar a contar una historia humana que respete a ambos bandos.  Es la historieta argentina de mayor duración, pues aún se sigue publicando. Además, el dúo no oculta la admiración por el indio en “Mamá Curé no está rezando” (1974), un canto a las tradiciones tehuelches y a sus tierras. Casalla demuestra oficio y los diálogos abundan en chistes, ironías y ocurrencias, como es habitual en Álvarez Cao. El éxito de El cabo Savino fue tal que llegó a contar con revista propia.

La serie Diego, en la que utilizaba el seudónimo Roque Guinart. Con dibujos de Repetto, en revista D`Artagnan, 1976.

Otro logro del guionista es Pehuén Curá -en un principio dibujada por Juan Arancio-, que relata las aventuras de un baqueano que estaba a las órdenes de Juan Manuel de Rosas. En “Desconocida aventura de Facundo” (1975), que graficó Castro con sólido estilo realista, aparece Facundo Quiroga y se muestran facetas de las traiciones e intrigas de ese período.  

Pehuen Curá, con dibujos de Arancio, en revista D`Artagnan, 1972.

Capitán Camacho es otra historieta de la dupla, y Álvarez Cao define al protagonista como “un bacancito porteño que se va aquerenciado a la frontera donde ha ido a parar por un drama personal”. En “Yo, el rey de Araucania” (1985), porta un cuchillo corvo y sostiene un duelo con Orélie Antoine de Tounens, autoproclamado rey de la Araucania, que empuña un sable de caballería: una manera de hacer conocer a este extravagante e insólito personaje de la historia patagónica. 

Capitán Camacho, con dibujos de Casalla, en revista Nippur Magnum, 1982.

Una título no suficientemente valorado es Víctor Vanel, en la que Álvarez Cao demuestra manejar con soltura el género policial. Por ejemplo, en “Retrato de Manouche” (1980), con arte de Enio Leguisamón, despliega diálogos concisos de gran precisión y fuerte contundencia. La narración es ágil y atrapante, con textos largos, pero ricos e ilustrativos. Capta el ambiente francés mencionando al famoso corredor automovilístico Jean Pierre Wimille, a La Sûreté, al diario France Soir y expresiones como “cul-de-sac”. La acción resulta vertiginosa y está acompañada por una notable planificación de Enio.
Pero tal vez su máxima creación sea Carbajo,Ganzúa & Cía. (1984), con gráfica de Gerardo Canelo. Como apunta Alejandro Aguado: “Es una obra que se inscribe entre las claves de la historieta argentina”. El estilo del guión es fresco e inspirado y permite al dibujante plasmar un trabajo de excepción, en el cual descuellan la planificación, el audaz diseño de página y el formato de los cuadritos. Textos y dibujos son funcionales a una narración nostálgica, sensible y a tramos poética por sus bellas imágenes. El manejo del color es creativo. Además, no sólo aparecen varias viñetas mudas, sino incluso páginas. Es maravillosa la recreación de época (los años veinte y treinta). Aguado aclara que Carbajo, Ganzú & Cía. sólo fue innovadora en sus primeros treinta capítulos del total de sesenta y dos que dibujó Canelo.
Carbajo Ganzúa & Cía, con dibujos de Canelo, en revista D`Artagnan.


Según Manuel Morini, Álvarez Cao falleció en 1992, y durante su enfermedad –que duró un año- sus guiones los escribía Eugenio Zappietro (Ray Collins), que no sólo los firmaba con el nombre de aquel, sino que también le entregaba el dinero (Alejandro Aguado también refiere esta anécdota).
Se transcribe lo publicado por la “Primera Bienal Internacional y Cuarta Bienal Argentina del Humor y la Historieta” sobre su trayectoria. Realizó con su nombre: Pehuén Curá, Crónicas de un Porteño Viejo, Sargento York, Cronista Policial, Comando Monty. Con el de Álvarez:  Rio Kid, Capitán Rick, Billy Brandy y Tony Apollo. Bajo Roque Guinart: El cabo Savino, Diego y Patrulla Americana. Utilizó J.D. Masip y Domenech para: Cuadernos del Mayor Flyn, Rock del Caribe y Policiales del Ambiente Francés. Firmó como Tommy Trench, Carl Trench y Al Warest en Brigada Madelaine y diversos guiones de guerra. Y con el seudónimo de Capy Ricks guionó argumentos de aventuras. A su vez, Judith Gociol y Diego Rosemberg mencionan Barry Norton, con textos de Eugenio Zappietro, y Álamo Jim, del que fue uno de los guionistas.   
Con dibujos de Casalla, en revista D`Artagnan, 1972.

Se puede apreciar que la obra de Álvarez Cao es un torrente que se expande, inasible, por  cuarenta años de la historieta argentina. Es lícito evocar a un gigante de la literatura, Balzac, que con La Comedia Humana (un total de ciento treinta títulos entre las obras terminadas y las proyectadas) desparramó a sus personajes de tal manera que es casi imposible rastrearlos. Así, Eugenio De Rastignac se muere en una novela y luego aparece en una fecha posterior en otra.
La inmensa producción de Julio Álvarez Cao tendría que republicarse para reunir en libros sus dispersas historietas. Es una contribución que enriquecerá la historia del género y, principalmente, brindará felicidad a los lectores.


Germán Cáceres


Bibliografía


Aguado, Alejandro, “Valorizando una gran obra de la historieta argentina: Carbajo, Ganzúa & Cía, de Álvarez Cao y Gerardo Canelo” en http://laduendes.blogspot.com.
Cabo por siempre/Libro homenaje, La Duendes editora, Comodoro Rivadavia, 2011.
Casalla, Carlos, El cabo Savino, La Duendes editora, Comodoro Rivadavia, 2011.
Gociol, Judith, y Rosemberg, Diego, La historieta argentina/Una historia, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2000.
http://es.wikipedia.org: “Julio Álvarez Cao”.
Martínez, Carlos R., “El otro Álvarez Cao”, en http://luisalberto941.
Martinez, Carlos R., “Presencia de la historia nacional en la historieta argentina”, en http://www.tebeosfera.com.
Morini, Manuel, “Hacete amigo del comisario”, en http://manuelmorini.blogspot.com.ar.
“Primera Bienal Internacional y Cuarta Bienal Argentina del Humor y la Historieta”, Municipalidad de Córdoba, 1979.
Sasturain, Juan, “El cabo Savino: treinta años de milico, ningún ascenso”, en Superhumor Nº 8, julio de 1981.
Trillo, Carlos y Saccomanno, Guillermo, Historia de la historieta argentina, Ediciones Record, Buenos Aires, 1980.