martes, 1 de abril de 2014

Entrevista: Tati (segunda parte), por Germán Cáceres

 Entrevista de 1994. 
Todas las páginas que ilustran la entrevista fueron publicadas en la primera época de Fierro.


Héctor Omar Martín (Tati) nació el 27 de diciembre de 1957, en Santos Lugares, Provincia de Buenos Aires. Nunca se mudó de barrio.
Completó sus estudios secundarios recibiéndose de técnico mecánico, sin haber adquirido conocimiento alguno. Es que faltando tres años para recibirse descubrió que su vocación era hacerles caricaturas a sus profesores y no aprender lo que ellos enseñaban. De ese período sólo recuerda a sus compañeros y el discurso humorístico que escribió y dijo en la fiesta de graduación.
Hizo cursos de Dibujo de la Figura Humana, Ilustración Publicitaria y Dibujo Humorístico. También concurrió a talleres de guión de historietas, guión cinematográfico y dramaturgia. Paralelamente, compró libros de dibujo e inició en forma autodidáctica la búsqueda de “su estilo”. Pero nada fue tan importante en su desarrollo como los conocimientos que le transmitió el profesor Frank Szilagyi en el curso de historietas organizado por la Asociación de Dibujantes de la Argentina.
Comenzó a publicar en Fierro -primera época- al sacar una mención especial en el rubro historieta integral (guión y dibujo), en un concurso realizado por esa revista. En otro certamen convocado por la misma publicación, y en el cual votaban los lectores, una de sus historietas obtuvo el 2º puesto entre los dibujantes nuevos. Sacó una mención especial en un curso de historietas sobre SIDA Y MAL DE CHAGAS, organizado por la Federación de Clínicas y Hospitales Privados.
Participó de varias exposiciones colectivas, entre ellas: la Bienal del Humor y la Historieta Argentina en la Provincia de Córdoba. En 1990 recibió el 1er. Premio de historieta del ICI (Instituto de Cooperación Iberoamericana) y en 1993 el 1er. Premio Ilustración de Cuentos Infantiles de la Editorial Colihue.




G.C.: Yo diría que tu humor hace digerible la amargura.
Tati: Todo se originó viendo teatro nacional. Así, en las obras de Roberto Cossa y de Oscar Viale, yo sentía que había un humor terrible que brotada de más adentro, que provocaba una risa diferente.

G.C.: ¿Te referís a La Nona, de Cossa?
Tati: Sí, pero más a No hay que llorar, del mismo autor, que versa sobre una familia que termina matando a la madre para heredarla. Suscita risa con una tragedia: es un humor liberador que torna comprensibles a los personajes.

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G.C.: En tus historietas está presente el sexo en forma desenfadada. Por momentos, hay una clara alusión a los órganos genitales, y las copulaciones se registran con desparpajo. Asimismo, existe una actitud irreverente hace los símbolos religiosos. ¿Por qué esta postura provocativa?
Tati: Yo me expreso con las posibilidades que tengo, no me censuro. Por tanto, no veo motivo para no utilizar el sexo como cualquier otro objeto o situación. Mi temática sexual hay que ubicarla dentro del contexto general de mis historietas.

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G.C.: Pero, sin embargo, se nota un énfasis en materia sexual: abundan los incestos, el lesbianismo, la homosexualidad, la impotencia y hasta cierto exhibicionismo.
Tati: Es un modo de sincerar un medio de expresión, en este caso la historieta. No se observa la misma disposición en el cine o en la televisión, porque no se sinceran y existe más hipocresía. El sexo es cosa de todos los días, y aunque no parezca yo lo trato con inocencia.

G.C.: ¿Tus historietas satirizan a algún sector social?
Tati: En ellas hay maldad, pero no apruebo la división entre buenos y malos. No encuentro entonces un sector al cual golpear. En varias de mis historietas aparecen burlas a la iglesia católica, pero no constituyen un ataque contra ella. Si existen chistes sobre gallegos y opas, ¿por qué no puedo hacer chistes sobre religión? Si algunos se sienten molestos y se sensibilizan, ya no es problema mío. Uno incorpora los temas que se le presentan a diario. Pese a no tener demasiada “vuelta” de lo que hago, he recibido cartas donde se me acusa de ser irrespetuoso con la religión. No estoy de acuerdo y pongo un ejemplo. Si un católico canta en la Argentina el famoso estribillo: “Tengo una vaca lechera/ no es una vaca cualquiera/ me da leche merengada/ hay que vaca tan tarada”, no va a tener problemas. Pero de cantarlo en la India, como allí la vaca es un animal sagrado, ¿debería ser considerado irreverente? No creo que haya que cruzar la frontera de un país para interpretar de distinta manera los símbolos.


G.C.: ¿Vivimos en una sociedad prejuiciosa?
Tati: Exacto. Y yo utilizo la historieta como si fuera una columna periodística para expresar mis ideas, y entre ellas figura combatir el prejuicio.

G.C.: ¿Nunca probaste hacer humor gráfico de un solo cuadro?
Tati: Todavía no hallé la forma de expresarme en un solo cuadro, pero me agradaría y tal vez desemboque en ello, pues es una forma rápida y directa de verter ideas.

G.C.: ¿Dónde estudiaste dibujo?
Tati: No estudié dibujo clásico porque no me gustaba. Empecé interesándome por el dibujo humorístico y cuando salió la revista Superhumor, que comenzó a dar cabida a artistas con personalidad, capaces de realizar obra de autor, resolví estudiar dibujo de historietas y humorístico.


G.C.: ¿Aprendiste dibujo por correspondencia?
Tati: Adquirí cursos completos por correspondencia, pero los utilicé como libros de consulta. Yo compraba el curso y no mandaba las lecciones; sólo dibujaba algunas.

G.C.: ¿A qué escuela fuiste?
Tati: A la Asociación de Dibujantes de la Argentina, donde los mismos profesionales transmiten sus conocimientos. Allí tuve un gran maestro: Frank Szilagyi. Él me enseñó composición, es decir, el dibujo invisible de lo que se ve, la faceta oculta del trabajo; en otras palabras, las innumerables líneas que necesito para pergeñar en los bocetos. Es una manera de emblocar el dibujo, de diseñarlo. A Szilagyi le debo poder disfrutar la tarea. Su ascendencia fue tal, que yo también tengo ganas de enseñar, de algún día ser profesor, de transmitir lo que aprendí.



G.C.: ¿No emana de tus trabajos un fondo de desolación?
Tati: Es muy posible que sean muy críticos y bajoneantes, hasta trágicos. Me he preguntado yo también por su sentido, por su falta de religiosidad. Es que para mí la vida concluye con la muerte, no hay otra oportunidad. El momento para decir lo siento es éste; no habrá un más allá con una vida eterna. Y creo que todo lo que guiono o dibujo está vinculado a ese pensamiento. Si no poseo otra vida, no puedo dejar de abordar el tema sexual porque existan prejuicios sociales. A las contradicciones fundamentales “Liberación o dependencia” y “Democracia o dictadura”, agregaría “Vida eterna o gusanos”.  Porque nos van a terminar comiendo los gusanos. Frente a este futuro tan terrible, resulta imperativo aprovechar el trozo de vida que tenemos. En eso encajan mis ganas de vivir, las que intento expresar a través de la historieta humorística.

De Así se lee la historieta, de Germán Cáceres (Beas Ediciones, Buenos Aires, 1994, 168 páginas).