martes, 26 de febrero de 2013

Entrevista: Horacio Lalia III, por Germán Cáceres


UN DEMONIO ANDA SUELTO


Estamos en el estudio de Horacio Lalia. Hay clima: dos mesas de dibujo, una colección de pipas, en una pared un violín, una maqueta de dos revólveres Smith & Wesson, una biblioteca empotrada y prestigiosas reproducciones de Castagnino, Soldi, Fader, Frazetta y el gran Leonardo. Y como presidiendo la entrevista un póster de Nekrodamus, personaje que Lalia considera de ambientación gótica y que ubica en el género de terror, pero sólo por:

Mandrafina, Lalia y Casalla


-Tratarse de un demonio que emplea la magia y la alquimia. Pero hubo un momento que se transformó casi en un gentilhombre. A mí me interesa sugerir y no mostrar directamente la truculencia, como hace la variante de horror al exhibir sangre, mutilaciones y descuartizamientos.

Luego hablamos de los notables guionistas que redactaron sus textos: Oesterheld, Trillo, Saccomanno, De los Santos, Zappietro (Ray Collins), Gallicchio (Roger King), Slavich y sobre la vigencia que tiene desde su creación en 1975. Y apunta:

Nekrodamus en revista Skorpio, años 90

-Es el único personaje de Oesterheld que siguió saliendo hasta agosto de 1994, y eso se debe al talento de esos escritores, pero también a la dignidad gráfica con que lo trabajé. Si no fuese por mi dibujo, Nekrodamus no hubiera podido resistir a tanto cambio de mano.

Lalia comenta que salvo Oesterheld, los otros guionistas escribían algunos episodios y después lo abandonaban.

-¿Cómo te fue con Walter Slavich?
-Tuvimos que conversar mucho sobre Nekro, porque cuando lo tomó era demasiado joven como para conocerlo a fondo.

Historieta con guión de Morhain, en Skorpio 9, 1975.

-Nekrodamus tiene ciertas similitudes con  Mort Cinder
-No hay nada nuevo bajo el sol. El viaje por el tiempo fue utilizado antes que en Mort Cinder en Brick Bradforf, de Clarence Gray y William Ritt, y en Las aventuras de Dick, de Neil O´Keeffe y Max Trell.
-Volvemos al género de terror y a la extraordinaria acogida que recibe por parte del público, especialmente de los chicos y jóvenes. ¿Cómo explicás este fenómeno?
-El hombre teme a lo desconocido, y a la vez quiere saber qué hay detrás. Por eso el terror actúa como un imán. En cuanto a los chicos se puede decir que así se enfrentan al miedo que llevan adentro, es una forma de sacárselo de encima.

Comentamos las excelencias de los guionistas que lo acompañaron en su   carrera: A.J. Grassi en Tony Tregellis y Johnny Cross; Rogelio Gallicchio con Cayo Bay, Río Bray y Old Man Time; Martín García con El Desembrujador y Papi Fútbol; Oscar Armayor con El Laberinto; Ricardo Ferrari con Mahelbatan; Robin Wood con El juego y La noche del lobo.

En revista Súperhumor, 1982

-¿Cómo se desarrolló tu relación con Robin?
-Fue el típico vínculo en el que el guionista y dibujante no se conocen. A Robin me lo presentaron una vez en una reunión. Con Oesterheld sólo conversé un rato en una editorial. Ahora por suerte existe otro tipo de contacto, se charla más, se intercambian opiniones y puntos de vista. Es el caso de Eugenio Zappietro, al que me une una profunda amistad de casi veinte años. Con él logramos un éxito como Narváez.
-¿Hiciste algo más con Eugenio?
_Terminamos El retrato oval, basado en un cuento de Poe. Invertimos el método habitual: primero yo dibujo la historieta, y luego se la paso para que elabore los textos.
-Recuerdo que ya habías adaptado El Quijote y La tempestad.
-Sí, para el suplemento infantil de La Nación. Tengo en mente adaptar de Kafka La metamorfosis y algunos capítulos de El proceso.

Historieta con guión de Slavich, en revista Skorpio 222, 1994.

-Veo que en Fierro aparecieron historietas unitarias que firmás junto con Carlos Albiac.
-Arrancamos en 1979 con Lord Jim, que nada tiene que ver con el personaje de Conrad. En 1989 lanzamos El Inspector Bull, de la que sólo se publicaron seis episodios en la Argentina de un total de trece, que Columba editará en su totalidad.
-¿Conversan sobre este trabajo en común?
-Muchísimo. Él tira la idea, y después la pulimos y planteamos la historia. Por último dibujo la cara de personaje que Albiac se lleva para elaborar el guión.

Pasamos a los dibujantes que lo marcaron. Confiesa que no imitó a ninguno, que sólo abrevó en sus ideas gráficas. Y cita a John Cullen Murphy, a Will Eisner, a Dino Battaglia –“que influyó en el esponjado que aplico a mis dibujos”-, a Alex Toth –“el padre de la historieta moderna, un maestro muy reconocido en los Estados Unidos, pero poco difundido entre nosotros”-, pero sobre todo a AlbertoBreccia, del que fue ayudante durante seis años.

Carlton, con guión de Slavich, en revista Skorpio 224, 1994.

-Fuiste modelo para el rostro de Mort Cinder.
-Sí. Breccia no me marcó en lo externo: él tiene un dibujo personal, fuerte y contagioso, que copiaron tantos dibujantes argentinos. Yo capté sus conceptos, su manera de encarar los temas, los climas y el halo histórico que vivíamos cuando dibujaba capítulos como “La batalla de las Termópilas”, “En la penitenciaría” y “La torre de Babel”.

Y surge una pregunta obligada en esta circunstancia en que la historieta está experimentando una crisis a nivel mundial. Pero me interrumpe y no me deja terminar.

-Eso lo vengo escuchando desde hace más de veinte años. Que la historieta es una evasión que ya no da más, que va a desaparecer. Sin embargo, siempre encuentra una vueltita para seguir adelante. Como todas las cosas tiene vaivenes y oscila entre ciclos de auge y ciclos de declinación. No hay duda de que va cambiando y enriqueciéndose. En Europa han logrado aprovecharla en todos los campos, y se ha nutrido de recursos cinematográficos. También es evidente que el cine ha asimilado varias corrientes historietísticas.
-¿Qué planes y proyectos tenés para el futuro, Horacio?
-Continuar adaptando obras maestras de la literatura con Eugenio y con Albiac, dictando cursos de historietas y seguir dibujando Carlton (un noble inglés del siglo XIX), que creé junto a Slavich en 1993.

Nekrodamus, en revista Skorpio, años 90.


De El dibujo de aventuras, de Germán Cáceres (Editorial Almagesto, Buenos Aires, 1996, 200 páginas).

 Otra entrevista de 2010 a Lalia, en este mismo blog, se puede leer: