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jueves, 12 de julio de 2012

Viñetas de Celuloide - Constantine (2005)


Constantine (2005)
Cómo NO hacer adaptaciones de historieta al cine.
Parte 2

     Si bien en un principio las adaptaciones del mundo del comic al cine fueron esporádicas (setentas y ochentas, Superman y Batman, como ejemplos taquilleros), hoy día nos encontramos con que prácticamente la gran mayoría de los estrenos hollywoodenses que resultan éxitos de taquilla son adaptaciones. La trilogía de Batman de Nolan, la serie mutante de Marvel (X-Men y spin-offs), Transformers (dirigidos por un Michael Bay que debería suicidarse de acuerdo a la opinión general) y más recientemente, Vengadores (precedida, por supuesto, por películas de casi todos los integrantes del super grupo marvelita), todos estos previos ejemplos fueron o serán fuentes incombustibles de dinero para las productoras “made in comic”. Recordemos que no solo DC tiene sus propios estudios y la colaboración de Warner Brothers sino que además la fusión de Marvel con Disney solucionó la desventaja de la compañía mutante a la hora de producir películas basadas en sus franquicias. El futuro, según algunos, viene con capa y superpoderes.
 

     Ahora bien, el futuro viene con superpoderes, pero algunas películas levantan dudas. El fracaso de taquilla de Green Lantern (sobran razones) hace que la adaptación de Flash y la JLA se retrasen y rediscutan continuamente. La adaptación de Magneto termino convirtiendose en “X-Men Origins” por la falta de confianza en una película protagonizada por el mutante alemán. Según algunos, entonces, hay que aprender de los errores. Pero ¿de qué errores exactamente? ¿Qué se hizo mal? ¿Cómo? Constantine es el segundo ejemplo de adaptación del que vamos a hablar, luego de Wanted. No es una película horrible como pueden haber sido Gatubela o Elektra, adaptaciones que se hicieron sin cuidado ni respeto (por el personaje en que se basaban o por el público), sino una buena película, interesante, que lamentablemente destruye los puntos más importantes de la serie en la que se basa, resultando en algo completamente diferente. Una adaptación que significa algo en sí misma más allá de la inspiración.

     Esta película abreva de uno de los grandes éxitos de la línea Vertigo de DC: Hellblazer. La serie, que es la única que originalmente se continúa publicando hoy día 24 años después de su primera aparición cuando el subsello de DC no existía, narra las vivencias de John Constantine, personaje surgido en 1985 en las páginas de Swamp Thing como resultado del deseo del guionista Alan Moore y los artistas Stephen R. Bissette y John Totleben de dibujar un personaje semejante a Sting (?!). El logro del trío fan de The Police, es aún visible en la serie donde aparece este cazador de demonios / experto en lo oculto o sobrenatural / egoísta insoportable y desinteresado.

     El tono general de la serie (demasiado larga ya para comentar su historia en detalle) es sobrenatural, siempre virando hacia el costado demoníaco de todo tipo de creencias a lo largo del mundo. Constantine, experto en esto, se encarga de diversos asuntos ocultistas (a veces también lidiando con otros problemas personales del protagonista que poco tienen que ver con lo sobrenatural y más con su incapacidad para relacionarse con otros, ya sean amigos o familia) recurriendo a todo tipo de herramientas y conocimientos no reducidos a un solo cúmulo de creencias. A lo largo de todas sus aventuras, es acompañado por diversos amigos y/o familiares, quienes eventualmente desaparecen, mueren o se alejan, incapaces de mantener el ritmo de John o simplemente de comprenderlo. Tampoco es que a este le importe mucho, claro.

  
La Película.

     Pero pasemos a lo importante, que es la crítica y comparación entre comic y película. Basada principalmente en el arco argumental “Hábitos Peligrosos”, la película adapta muy libremente al personaje, su forma de ser y la naturaleza general de sus aventuras. Ya desde el principio, Constantine es un cazador de demonios que trabaja para las huestes divinas. No hay más cielo ni infierno que el cristiano y eso marca un gran choque con lo que es la mitología interna de la serie en papel, que mezcla todas las creencias del mundo, generando (como ocurre en Sandman) un universo donde conviven todo tipo de criaturas y demonios de distintas religiones. Una mención aparte merece la evidente influencia del cristianismo en casi todas las producciones en celuloide que tocan la palabra “demonio”. Aparentemente, si decimos “demonio” es OBVIO que hablamos de un demonio según el bestiario católico y no según los mitos griegos o hindúes, lo cual cambia la idea del bien y el mal radicalmente. Pero eso es discusión para otro momento. Esta es una película sobre el bien y el mal, negros o blancos, sin grises intermedios.


     La acción comienza de manera espectacular, con John (Keanu Reeves) realizando un exorcismo atado con alambre (con cables en realidad, pero la metáfora es efectiva). Este primer demonio exorcizado demuestra ciertas actitudes antes de desaparecer que hacen sospechar al protagonista que algo esta mal y empieza a investigar qué esta ocurriendo en la tenue linea que separa los mundos del infierno y la realidad. A partir de allí descubrimos que John esta prácticamente condenado a ir al infierno por sus acciones y sobre todo por un intento fallido de suicidio (momento en el que vislumbró el infierno) en su juventud. Nada puede redimirlo, no importa cuantos demonios destruya ni que tanto ayude a otro, pues sus actitudes están condicionadas por su egoísmo y su completa falta de empatía. Y para colmo de males, tiene un cáncer de pulmón que lo aproxima cada vez más a la muerte.

     El quiebre a esta situación sin salida viene con la aparición de una investigadora policial Angela Dodson (Rachel Weisz), quien le pide que la ayude a averiguar qué pasó con su hermana gemela, aparentemente suicida. La película girará entonces alrededor de la relación entre John y Angela que, en el final, le dará la clave necesaria para superar su soledad, su condenación y la invasión del mundo por parte del hijo del demonio (si, tal como lo escuchan).


     Ahora bien, cambiemos de tema. No nos vamos a meter más con la película o los actores en sí, para eso la pueden ver ustedes. Vamos a comentarles cuales son las diferencias entre adaptación y original que nos hace pensar que la respuesta del director a la pregunta “¿qué adaptaste exactamente?” sería “lo que se me cantó”.

     Primero, el personaje. Keanu Reeves, devenido en héroe de acción que lamentablemente no resalta sin anteojos negros que tapen sus ojos inexpresivos, resulta una elección fallida para interpretar a un personaje que se caracteriza por una gestualidad y una corporalidad avasallante, satírica, sombría y ácida. Más allá de que el personaje sea o no rubio originalmente, hay un algo que falta en su actuación que nos impide creerle. Constantine es un hijo de perra a conciencia al que no le importa casi nada y lo deja entrever en su cara, su cuerpo. Reeves es incapaz de hacer otro gesto irónico más que el alzar una ceja o sonreír a un costado y con eso perdemos un costado riquísimo a la hora de definir un carácter.

     Otros aspectos enfrentados respecto del carácter de John, es la acción vs. el conocimiento. En el comic, John sabe. Sabe muchísimo. Cómo conjurar demonios, como controlarlos, quién es quién en el mundo sobrenatural y donde pertenece. No anda cazando demonios por ahí y muchas veces se discute cual es la gracia de poseer dicho conocimiento y no poder usarlo para cosas realmente importantes o, en su caso, salvar su alma de alguna manera. En la película ocurre lo contrario. Constantine es un cazador lleno de armas de carácter religioso que revienta (discúlpenme la expresión) demonios a balazos bendecidos. El esoterismo está, pero toma más importancia la acción y la lucha contra demonios que los conflictos internos de los personajes y el misticismo general de la serie.

Segundo y, quizás, importantísimo: la capacidad de redención. Ahora sí, veamos algunos detalles de la historia para entender. En “Hábitos Peligrosos”, Constantine termina al borde de la muerte. Atrapado entre la espada y la pared por su cáncer y su condenación inevitable, recurre a una estratagema para liberarse: engaña a los tres reyes del infierno y les vende el alma por separado, luego de lo cual se corta las venas. Corruptos por naturaleza y hartos de los problemas que les ha dado a lo largo de su vida, su alma es preciadísima entre todos ellos y ninguno esta dispuesto a cederla. La muerte de Constantine originaría, entonces, una lucha que llevaría a los tres reyes a la destrucción total, dejando al paraíso como único ganador. Por ello, se ven forzados no solo a salvarlo de este “suicidio” sino también a curarle el cáncer de pulmón para vivir hasta que encuentren una forma de solucionar el problema. Feliz, Constantine enciende otro cigarro (la razón de su cáncer, demostrando que no aprendió nada ni esta dispuesto a dejar de fumar para salvarse) y los manda a paseo a todos, regodeándose de su triunfo frente a los tres demonios.


     En la película, esto ocurre de manera diferente. El hijo del demonio Mammon intenta pasar del infierno a la realidad y para eso debe poseer a una mujer (Angela) que, literalmente, lo pariría. Para detener esto, en el clímax de la película, John se corta las venas, provocando también que el diablo venga a buscar su alma y, de paso, note el plan de su traicionero hijo. El diablo se lleva a Mammon, libera a Angela e intenta reclamar el alma de John. Sin embargo, no cuenta con el hecho de que lo que el cazador de demonios hizo lo redimió, pues dio su vida a sabiendas de lo que podía pasarle solo para salvar a Angela. El diablo, como en el comic, lo salva antes de que muera y le dice que estará ahí para verlo corromperse de nuevo aunque supuestamente ya esta salvado del infierno. Al final, se ve al héroe de espaldas levandose a la boca algo que no vemos y nos damos cuenta de que es simplemente un chicle.

     Por más que a alguno pueda parecerle un dato menor, ese detalle resulta clave a la hora de definir “adaptación fiel” y “adaptación libre”. El personaje del comic es un alma torturada que, aunque a veces lo intenta, esta condenada a la soledad y el fracaso. Fracaso no leído como fracaso ante las batallas que debe lidiar, sino fracaso como ser humano. No puede tener relaciones duraderas, la gente cercana a él muere... es un humano fracasado. El tono general de la historieta es oscuro y trágico. Constantine se ve definido por la tragedia sin solución. En la película este aspecto es destruido en pos del final feliz. El típico mensaje “el hombre aprende de sus errores y puede redimirse” se erige como moraleja y así, se rompe la esencia que da valor a la obra original.

     En definitiva, todos los cambios argumentales realizados transforman a la adaptación cinematográfica en una obra aparte que tiene, de la obra original en la que se basa, solo el nombre (y ni siquiera el nombre de la obra sino la del protagonista).

En nuestro país.

     La historieta es conseguible en tomos aunque no muy baratos (tampoco todos ellos). La película, por el contrario, esta disponible en casi todo videoclub que se precie de serlo. Así también esta a la venta en formato simple y doble dvd con todos los comentarios, fotos y demás cosas que vienen hoy para hacer más apetecible la compra del formato físico.


La crítica dice:

     La película resulta interesante y atractiva visualmente a pesar de Shia La Beouf y la eterna cara de nada de Reeves. El aspecto gráfico, la única aparición del diablo, y Tilda Swinton como ángel, salvan la película. Al menos para mí. Aquellos fieles a la obra original, abstenerse. El papel, en este caso, resulta mil veces más atractivo que el celuloide.

Próximo:
     La liga de Caballeros Extraordinarios (2003).

EXTRA:
Películas o series basadas en historietas que deberían hacerse.
Justo hablando de DC y vertigo y etc. The Sandman, de Gaiman. Otra serie sin dibujante fijo pero muy interesante como para armar una mini serie sobrenatural-esotérica-mítica con los capítulos más representativos.

jueves, 21 de junio de 2012

Crítica de la novela Precinto 56, de Ray Collins. Por Santiago K


La palabra ilustrada.

Los yankis tienen una curiosa idea del amor, que casi siempre deriva en
carne de psicólogos, psiquiatras y novelistas que lo han digerido mal.” (Pág. 36)


Tapa del libro

El mercado digital de comics es no solo un mercado naciente gracias a la tecnología tablet, los teléfonos táctiles y el abaratamiento de costos al minimizar la impresión de papel, sino también un medio de mantener lo viejo. Expresiones como “Biblioteca virtual de comics”, “preservando lo valioso” o “recuperando el pasado” son comunes entre los miembros de la comunidad digital con más de cuarenta años (sin dejar de lado, claro a los lectores más jóvenes... o más viejos!). ¿Qué pasó con “Nippur de Lagash”? ¿Qué pasó con “Marck”? ¿Qué pasó con “Ord Grund”? ¿Y “Savarese”? No continúo la lista por razones de espacio y otras más obvias. Seamos justos al decir que las reimpresiones no existen y que las vueltas a los clásicos por parte de cualquier editorial es siempre efímera o minúscula. Un tomo recopilatorio por aquí, un par de revistas del recuerdo por allá. La verdadera manera de conseguir, re-leer o descubrir esas viejas glorias de la historieta argentina ya sea de los 70 o los 80, es mediante la piratería digital. Loado sea aquel que haya logrado conseguir una colección en una venta de saldo con algo de “Aquí la Legión!” o un par de números originales de Columba de “Dago”. O Precinto 56, ya que estamos... y es acerca de esta última serie de la que venimos a hablar, aunque no en un formato digital. Tampoco en un formato viejo. Y mucho menos, en un formato aviñétado.

Ray Collins

Bajo el seudónimo de Ray Collins, Eugenio Zaprietto fue quien guionizó (entre otras cosas como Denis Martin, Jackaroe y Grand Prix), la oscura serie policial skorpiana Precinto 56. Como escritor símil navaja suiza cientos de guiones de series propias y ajenas reposan bajo ese seudónimo o media docena de sobrenombres más. Y recientemente, más exactamente en Octubre del año pasado, ediciones La Llave publicó el primer libro policial (no el primer libro del autor pero sí de la serie) bajo un nombre homónimo a la serie del chicano Galván.
 La historia se centra en el personaje de Galván, a quien se le presentan no uno sino varios casos que con el correr de las páginas, empiezan a unirse hasta culminar en un final común. Un hombre internado sin razones aparentes en un psiquiátrico para ricos, una bella mujer asesinada de manera abrupta y sospechosa, con conexiones aún más sospechosas y un niño que pierde su niñez en ese mismo momento sin saber por qué. Todo esto salpicado con un poco de romance entre Galvan, Tippy Manix y la hija del magnate corrupto Hackett, quien además jugará un papel importante en el desarrollo de la investigación.

Imágenes de la serie en historieta, con dibujos de Lito Fernández, en revista Skorpio

 Más allá de hablar de la historia, que debería desvelársele a todo aquel que obtenga este libro, hablemos de lo que el libro muestra, empezando por el género. El policial negro se define como un género donde lo más importante no es la investigación en sí. La investigación es un medio para mostrar lo oscuro y profundo que puede ser el fondo de un crimen, cualquiera sea este. No se trata solamente de encontrar a un culpable que confiesa su crimen al final y del cual no conocemos ni la vena moral. Se trata de ver qué tanto puede corromperse esa persona, qué tan profunda puede ser la corrupción que la ocupa, o qué tan fuerte le afecta la verdadera faceta del mundo, esa faceta que desconocemos o fingimos desconocer y que constituye la base de una sociedad que crece sobre la miseria de otros. ¿Muy poético? Como el mismo escritor sintetizó en una entrevista de este blog: “Precinto 56 encierra experiencias de lectura, de cine, de trabajo y de utilizar el tema policial como humilde síntesis de lo peor y mejor de la condición humana bajo la presión de las grandes ciudades.”
 La novela esta escrita en un formato extraño. Varios capítulos con subcapítulos que parecen escritos para guionizar una historieta en varias entregas, con finales abiertos o “continuará” implícitos constantes. Incluso la conjugación de verbos es a veces completamente en presente, como si se intentará señalar al dibujante de nuestra mente como disponer los personajes y las situaciones, los planos, las secuencias, las acciones... no por nada volvemos a remarcar que el autor es guionista de historietas. Se nota a la legua y ciertamente, contrario a lo que uno podría pensar, da resultado. La historia corre y uno la sigue, pese a algunos momentos algo confusos, como si leyera una historieta. Así de simple.

Página de la serie, en revista Skorpio.

 Además de la minuciosa descripción de detalles de escenario, Collins añade cosas e ideas que lo marcan como un nostálgico incorregible. Si bien la acción transcurre en un tiempo cronológico presente donde la tecnología, la vestimenta, los medios y el Facebook (sí, lo mencionamos aparte porque ya casi parece un elemento indisoluble de nuestro día a día) no quedan descartados, el autor narra las situaciones de manera que es imposible no pensar en una película de los 70 u 80 similar a Harry el Sucio.

El escenario suena a las viejas películas del Far West, de cuando los cineastas no metían mensajes a lo Ingmar Bergman. Esta el amo del pueblo, la chica perdida, el barman y el sheriff. Solo falta la música. Elija usted: Dimitri Tiomkin o Lalo Shchifrin. John Ford le hubiera colocado, también un toque de tragedia irlandesa, ¿por qué no?” (Pág. 88)

Y el personaje Galván tampoco queda exento de esto.
Galván se apoya en la pared. Todavía no ha sacado su arma. En esto también existen diferencias entre ellos. Val Amato utiliza una Beretta de última generación; Galván un vetusto 357 Smith & Wesson de los sesenta.” (Pág. 7)

 Su elección respecto de las armas de fuego es un pequeño detalle, comparado además con como lleva adelante su trabajo. Galván se hunde en la basura buscando pistas allí donde nadie se atreve. No consulta internet, ni archivos ni bases de datos sino que anota en una libreta, pregunta en la calle y sus actitudes y palabras hacen imposible no pensar en él sin añadirle gafas ray-ban y una camisa con cuello en punta. La nostalgia se imprime no solo en los elementos sino también en la misma palabra, como sugiriendo que todo ocurre en un tiempo diferente, pasado, a pesar de las referencias actuales.


 Precinto 56 es no solo una historia contada como las de antes, no solo un policial oscuro, no solo una investigación donde un hombre se vuelve indetenible por su necesidad de justicia y su resolución a hacer “lo que se TIENE que hacer”, no solo una denuncia de la aún existente y aparentemente inmortal desidia humana. Precinto 56 es una demostración de que a pesar de que lo neguemos, el pasado está ahí. No se pueden dejar de lado las raíces de la narrativa escrita o gráfica que nos sostienen en pos de los espejitos de colores de lo nuevo. Justamente para terminar, reflexionemos sobre un dicho: “la aventura y sus subgéneros esta sobrevalorada/muerta/estancada/etc.”. No lo dijo nadie en especial, pero es un dicho que cobra fuerza en la esfera virtual donde, a pesar nuestro, se esta centrando gran parte de la discusión sobre géneros historietísticos y literarios de nuestro país. De acuerdo a esta idea generalizada, la novela negra policial esta tan devaluada como el papel al compararlo con el formato digital. Pero el problema no es que esté devaluada, sino quién lo dice y por qué.
 ¿Quién cree que la aventura no vale la pena? ¿Quién cree que no se pueden contar buenas historias con piratas, sumerios o legionarios? ¿Por qué, en un momento donde la diversidad es clave en nuestro desarrollo cultural insistimos aún en la idea de “géneros/temas pasados de moda”? No existen formas obsoletas de contar una historia. Pero eso es un tema para discutir otro día.

sábado, 12 de mayo de 2012

Viñetas de Celuloide - Wanted (2008)




Wanted (2008)
Cómo NO hacer adaptaciones de historieta al cine.
Parte 1.



   Convengamos algo que guíe nuestra línea de pensamiento desde este mismo momento: la industria del cine es tirana. Para qué negarlo. Directores, productores, actores y espectadores (no nos hagamos los desentendidos, asumamos nuestra culpa) viven confabulando contra el cine, sea bueno o malo. El cine es tirano y muchas veces (por no decir constantemente) el cinéfilo se encuentra con promesas que resultan mentiras. ¿Por qué?

   Las películas a reseñar en este artículo de dos partes nos sirven de perfecto ejemplo para explicar este por qué. Constantine y Wanted no son malas. Tampoco son buenas, pero no estamos frente a fiascos como Elektra (2005), Gatubela (2004) o Transformers 3 (2011... bah, TODAS las Transformers son malas ¿por qué reducirse a una sola?). Son películas de acción fantástica/sobrenatural que pueden disfrutarse un fin de semana sin considerar que se han perdido horas de la vida. Hay acción, escenas trepidantes, buenas actuaciones y buenas historias. Algunos huecos en el guión alguna actuación que no se extrañaría si faltara, pero más allá de eso...

¿Dónde reside el problema entonces? En la adaptación. Ninguna de las dos producciones respeta la obra original en la que se basó. Veamos una ahora y otra la próxima.

La Película.

Wanted esta dirigida por Timur Bekmambetov, de quien se conoce la “bilogía” rusa de “Los Guardianes del día” y “Los guardianes de la noche” (y de quien se viene este año la muy esperada “Abraham Lincoln: Vampire hunter”). Cuenta con un reparto interesante (James McAvoy, Angelina Jolie y Morgan Freeman) y una historia atípica.


   El mundo gira desconociendo la existencia de una organización de asesinos llamada “La Fraternidad” que maneja los hilos de la humanidad desde tiempos inmemoriales, asesinando personas clave que pueden alterar al rumbo de la historia. Estas personas son seleccionadas en base a las tramas que se forman mágica y aleatoriamente (o mejor dicho, por el “destino”) en un telar. Estas tramas se traducen en letras que forman nombres y los desafortunados portadores de esos nombres deben ser asesinados; así lo declara Sloan (Freeman), el jefe de la organización. Pero hay alguien, el mejor de todos los asesinos, que no cree en este telar mágico y decide salir de la fraternidad, empezando de paso a matarlos a todos. Uno de los asesinos asesinados (valga la rebuznancia) tiene un hijo no reconocido llamado Wesley (McAvoy) que será buscado por la organización, entrenado y enamorado por la asesina Fox (Jolie), y dirigido hacia este asesino rebelde. Eventualmente hay un giro de tuerca que hace ver las cosas de otra manera y eso es, a grandes rasgos, la historia. Vean la película ¡que esta columna no viene a contarles argumentos milímetro a milímetro!

   Una típica película de organizaciones masónicas/pseudo-religiosas/asesinantes/etc. con mucho tiroteo, un toque de fantasía (aparentemente estos asesinos son reconocidos por su capacidad de dominar sus ritmos cardíacos permitiéndoles proezas sobrehumanas y por hacer que las balas de sus armas se disparen con trayectorias elípticas) y venganza (una de ida y otra de vuelta). La actuación de McAvoy es buena aunque Jolie y Freeman están desaprovechados, ausentes incluso; acción, comedia y drama están bien conjugadas y en su justa medida; los efectos y la música acompañan muy bien a la narración; pero la adaptación, si así puede llamarsele, no existe.




   Para empezar, el comic escrito por Mark Millar (The Ultimates, Kick Ass, Superior...) y dibujado por J. G. Jones, esta ubicado en una ucronía superheróica. En 1986 todos los supervillanos del mundo se alían y matan a todos los superhéroes (en la unidad esta la fuerza), luego de lo cual desaparecen para manejar el planeta desde las sombras. La humanidad es sometida a un proceso de olvido y nadie sabe que alguna vez hubieron personas con superpoderes. Sin embargo, uno de los más grandes villanos es asesinado y su hijo hereda no solo sus cosas sino también sus habilidades, volviéndose un integrante más de esta “Asociación Secreta de Supervillanos”. Wesley se transforma, de a poco, en un villano a quien no le interesa la vida real y mata o asesina sin importarle quién. Participa activamente de toda actividad de esta “Asociación” y conoce de a poco a los dirigentes de la misma, que son viejos supervillanos modelados en base a supervillanos clásicos como Joker, Craneo Rojo, el Juguetero, Mxyzptlk, Parásito o Clay-Man.

   ¿Alguna coincidencia? Hasta el momento, el padre y el hijo. El trasfondo superheróico queda de anécdota y a partir de allí todo es cuesta abajo. En la película Wesley descubre un cierto tinte moral en lo que hace, mientras que en el comic no. En la película el antagonista busca mantener una organización funcionando a pesar suyo, en el comic es un ser que solo busca caos y divertirse En la película tenemos una relación semi-amorosa y un enfrentamiento final donde esta relación es decisiva, en el comic el amor se toma con soda y el libertinaje sexual es casi chocante. La única similitud es en el final, donde el mensaje “ya no dudes, vive, las oportunidades están ahí para tomarlas... ¿qué estas haciendo de tu vida?” es el mismo, pero la plataforma moral en la que se basa es diferente. Porque de eso se trata todo: tomar las oportunidades allí donde están; no te acostumbres, no te estanques. Vive.




    Lo que se hecha más en falta es que sin la “Asociación” o el aspecto superhumano, se pierde toda una galería de personajes y motivaciones muy bien trabajadas por parte de Millar. Quizás por falta de presupuesto para todas las escenas de acción que se hubieran necesitado, quizás porque se quería hacer una adaptación MUY libre de la historia original, quizás porque el proyecto surgió de una manera y quienes lo produjeron (como siempre ocurre con los productores que por poner dinero creen que pueden definir cómo se hace una película aún cuando no tengan idea de cómo se agarra un cámara o se escribe un guión) la terminaron de otra... lo cierto es que la película de supervillanos que pudo haber sido... no fue.
   Para terminar: así como Brian Hitch (el dibujante de Ultimates, los vengadores alternativos en los que se basaron para hacer la última película), J.G. Jones se basó en personalidades reales para diseñar a los personajes del comic. Hale Berry para fox, el rapero Eminem para Wesley y Tommy Lee Jones para el padre de Wesley. A diferencia de Hitch, a quien se le respetó Samuel L. Jackson para el personaje de Nick Fury en la película (entrando en una especie de paradoja pues el personaje de Jackson esta basado en él mismo -sigh-), el trabajo de Jones no logró que los actores y/o personalidades fueran tomadas en cuenta para la adaptación cinematográfica. También resulta difícil imaginar a dichas personas actuando, más cuando la historia difiere tanto de la historia original. A pesar de toda crítica sobre la adaptación, hay que mencionar finalmente que Millar dio el ok para el proyecto durante su producción, incluso con todas las diferencias.



   En nuestro país.

   Se puede alquilar en cualquier videoclub. No hay tanta suerte con el comic de Millar, a menos que uno viva en Bs. As. o este dispuesto a pagar un buen monto por una edición recopilatoria española (De Agostini o Norma) dado que de momento no hay traducción ni edición argentina.

   La crítica dice:

   Como dijimos en un principio, la película es disfrutable... mientras se pueda ver como un producto diferenciado del comic en el que se basa. Los más exigentes saldrán defraudados y exigiendo la castración del que adaptó una obra tan querida. Los que quieran ver tiroteos y un poco de humor negro, saldrán bien.

   Próximo:
   Constantine (2005). “Cómo NO hacer adaptaciones de comic al cine. Parte 2”.

   EXTRA:
Películas o series basadas en historietas que deberían hacerse.
“B.P.R.D. Hell on Earth” directamente de las páginas de Hellboy y guionizada por Mignola junto con otros, esta franquicia (busquen en internet, es un ejemplo genial de historieta serializada lovecraftiana) merece volverse una miniserie de alto presupuesto.



martes, 1 de mayo de 2012

“El Mexicano” de Jack London, ilustrado por Edu Molina.


Crítica de “El Mexicano” de Jack London, ilustrado por Edu Molina.
La palabra ilustrada.

Por Santiago K
El año pasado se cumplieron 100 años de la publicación de El Mexicano, libro-novela de Jack London. Para conmemorar dicho centenario, la editorial Nostra, de México, reeditó el texto adaptado gráficamente por Edu Molina.

Esta historia es, según algunos, uno de los mejores y más representativos (aunque menos conocido) de los cuentos largos del autor estadounidense cuyo verdadero nombre fue John Griffith Chaney. London fue uno de los muchos que, más que escribir aventuras, las vivieron. Antes de morir por decisión propia en 1916, publicó más de 50 volúmenes de historias basadas en sus vivencias como viajero intercontinental. Y no le faltaron anécdotas ni experiencias, pues empezó a recorrer el orbe a los 16 años y ya no paró. Cazó focas en el mar de Bering, buscó oro en Alaska y trabajó como corresponsal de guerra en Manchuria y el sur de África, entre otras cosas. Todo esto le dio un trasfondo imprescindible a la hora de entender los motivos por los que el hombre hace lo que hace en las situaciones más extremas que el mundo u otro hombre o grupo de hombres le impone.

Y El Mexicano es un relato de extremos, de límites. Nos presenta a Rivera, un joven que participa en la preparación de la revolución mexicana de 1910. Ese es el primer límite: el de la paciencia del explotado, que ya no tiene marcha atrás y se ve representada en este caso en el protagonista, una herramienta inhumana de la revolución. Es solo un peón, con conciencia de serlo, que esta dispuesto a darlo todo por el levantamiento del pueblo mexicano contra su opresor. No tiene amigos, no tiene familia, no tiene cariño, no tiene sentimientos, no tiene otra necesidad ni objetivo más que el de ver la revolución concretada. Y, como un pequeño comentario previo al análisis más exhaustivo de la obra, creo que Molina consigue plasmar esta idea perfectamente en su adaptación. La historia se quiebra en el momento en que el comite de la revolución necesita dinero para la compra de armas final previa al día clave. No hay dinero, ¿de dónde sacarlo? Rivera, como boxeador aficionado que descubre en este deporte que no le gusta una fuente de recursos para el comité, retará a un gran boxeador a una pelea donde el ganador se queda con todas las apuestas. Llevado por la confianza, el boxeador rival (norteamericano, alegorizando entonces con esta lucha el enfrentamiento real EE.UU. - México) acepta.

La Obra.

Conocí a Edu Molina por primera vez con Animal Urbano, personaje que co-creó en los 90 con Tato Tabat y que fue guionizado casi en su totalidad por Guillermo Grillo. Y hay que reconocer que desde la última edición en papel de “Animal” por parte de Domus, en el 2006, a esta que nos ocupa, Molina ha dado un salto cuántico.

Aprendiz de Breccia, se nota en Molina un cambio en el grueso y el detalle de su trazo que, para mejor, le otorga mucha más profundidad y riqueza a su trabajo. Las imágenes y los diálogos están perfectamente representadas por la mano del dibujante, que no escatima enfoques, recursos ni claro-oscuros a la hora de adaptar el texto original.

Un pequeño dato a destacar es el de que si bien ha ganado muchísima personalidad en los últimos años, su trazo recuerda a veces al de su maestro. Esto no es, por supuesto, algo que funcione en detrimento de la obra, al contrario. El ojo avisor ve en algunas manos de perspectiva extraña, en algunos rostros, en algunas tramas, el pincel eterno del artista plástico - que nadie quiso reconocer como tal - perpetuado en el trazo de Molina. Hay veces en las que quien escribe esto vio también una resemblanza a Greg Capullo (Spawn), especialmente en las escenas más detalladas (aunque eso es una opinión propia con la que bien pueden discrepar).

A diferencia de otros trabajos similares, los diálogos están diseñados como un diálogo de historieta, con globos y generalmente enfoques en primer plano de aquel que habla. Rompe, sin embargo, la unidad de la típica página de historieta el hecho de que no aparecen muchas viñetas delimitando la acción. Por el contrario, Molina lleva los ojos del lector de un lado al otro de la página sin utilizar este recurso y valiéndose solamente de la fluidez y la disposición de sus dibujos. Trazos salvajes de negro sobre blanco o viceversa dividen a veces las situaciones en espacios diferentes,

Muchos critican las adaptaciones de cuentos y novelas a historieta por el armado final que muchas obras de este tipo tienen. Artistas como Lalia o Breccia que se han encargado de dibujar a Poe y Lovecraft fueron acusados de resultar demasiado esquemáticos, generando una obra que parece más un cuento ilustrado que una historieta en sí. Por lo general el dibujo acompaña al texto y difícilmente aparezcan globos de texto o diálogos, haciendo la lectura no tan llevadera. Dicen que “entre este tipo de adaptación y un texto acompañado de algunas ilustraciones no hay diferencia”. Permítanme discrepar, al menos en este caso.

Molina no se resigna a dibujar los hechos. Recurre a metáforas, exageraciones y representaciones libres del texto de London, añadiendole una riqueza (y una especie de co-autoría) que supera a cualquier adaptación objetiva y limitada al texto o la acción descripta. Al momento de dibujar metáforas o dibujos referentes a la revolución, resulta muy interesante ver como la narración gráfica cambia hacia lo simbólico y vemos a un Rivera mezclado, homogeneizado con criaturas y símbolos adaptados del estilo de “los muertitos” mexicanos, esos graffitis/serigrafías con Catrinas (evolución de la deidad Mictecacíhuatl, esquelética diosa azteca de los muertos) y esqueletos caricaturizados que reconocemos como asociados al festejo del Día de Muertos. Rivera esta acompañado y convive con la muerte, pero no lo hace por nada. La revolución, presente en cientos de mexicanos sobre sus espaldas, lo empuja y lo levanta cada vez que cae. El dibujante recurre a este elemento constantemente; London lo escribe, Molina lo reafirma: no estamos frente a un revolucionario cualquiera. Rivera ES la revolución.

Como nota final, es de destacar el logro de Molina al representar el sentimiento que London tenía por su personaje al escribir. Este mostró a Rivera como alguien a quien no apreció ni despreció. London se limitó a contar sus vivencias en forma tal que, a pesar de que queda muy claro qué es lo que siente el mexicano frente a la revolución y el enemigo a derrotar, no sabemos qué sentir por él. ¿Compasión, pena, aborrecimiento, odio? Rivera actúa por un objetivo que podemos considerar acorde a nuestros pensamientos, pero sus sentimientos nos repelen. No podemos creer que para una causa tan noble sea necesario tanto odio en una sola persona aunque nos damos cuenta también de que es el odio lo único que lo mantiene de pie y le permite hacer aquello que nadie más puede hacer. El trazo de Molina no tiene piedad tampoco con Rivera. La expresión del personaje es siempre la misma. Mientras que todos los demás a veces demuestran en forma exagerada las pasiones que el mexicano no puede, no quiere mostrar, la cara de Rivera esta llena de líneas de enojo o disgusto, volviéndolo a veces extremadamente arrugado y cínico. El dibujante lo encorva, lo vuelve menos humano y más bestia, cada trazo demuestra odio y furia ante una situación que le arrancó todo. A diferencia de los otros, Rivera es el único que se dibuja con ojos fríos o en completa oscuridad, siendo un par de pupilas blancas, infernales, lo único visible entre las sombras de la cara.

Me ha mirado con esos ojos que tiene... No aman, amenazan. Son tan fieros como los de un tigre salvaje. Estoy seguro de que si se demostrara que yo era traidor a la causa, me mataría. No tiene corazón. Es implacable. Es penetrante y frío como el hielo. Es como los rayos de luna que una noche de invierno alumbran a un hombre que se congela en la cima de una montaña solitaria. No les tengo miedo ni a Díaz ni a todos sus asesinos, pero este chico... a él sí le tengo miedo. Te lo digo de verdad. Estoy asustado. Es el aliento de la muerte.”